10 feb. 2018

"Nunca Te Olvidé" (Supercorp) Capítulo 2



CAPÍTULO 2: REBELDES
—Por favor, comandante Danvers, tome asiento en la mesa… será un honor que nos cuente cómo le ha ido todo estos últimos años en Rusia.
«Overgirl es Kara… oh Dios…», se repetía una y otra vez en su mente.
De repente, después de meses de abatimiento, Lena recuperó la esperanza.


―Gracias, alteza ―contestó Kara educadamente, y se acercó a una de las sillas.
―¿Te encuentras bien, hija? ―preguntó Lillian―, haces muy mala cara.
―¿Es que no la…? ―empezó a decir Lena, pero el gesto de absoluta indiferencia de su madre la hizo detenerse― Estoy bien… sólo… un poco mareada ―añadió sin apartar sus ojos verdes de la comandante Danvers.
Sus padres no la habían reconocido, seguramente olvidaron su existencia en cuanto se la llevó el ejército doce años atrás, a fin de cuentas, a sus ojos no era más que una muchacha insignificante de clase media. Pero ella no lo hizo, no la olvidó. No hubo un solo día en los últimos doce años en que no pensara en ella y deseara encontrarla. Y ahora la tenía delante, más alta, algo más vigorosa y más mujer, pero era Kara, sabía que era ella. Sin embargo, al mismo tiempo, ya no lo era. Sus ojos azules parecían carentes de vida y de todo sentimiento. Aquel pensamiento la hizo estremecerse.
―¿Estás destemplada? ―preguntó Lillian frunciendo el ceño―, tal vez has enfermado, deberías retirarte pronto esta noche, avisaré a James.
―Como digas, madre.

Se había distraído unos segundos, pero sus ojos no tardaron en regresar a Kara, o mejor dicho, a Overgirl, pues ya no había casi nada en su aspecto de la muchacha de dieciséis años que la joven Luthor recordaba. Su corazón seguía latiendo desaforado, y Lena tuvo miedo de que lo notasen, así que cerró los ojos, obligándose a dejar de mirar, y trató de serenarse. No funcionó. Su mente reproducía la imagen de Overgirl con nitidez sorprendente. Volvió a abrirlos y la observó de nuevo. Estaba conversando con el emperador y con Morgan Edge, que estaba sentado a su derecha, mientras que Mon-El lo estaba a su izquierda. «Las peores compañías que podrías tener…», se dijo Lena internamente.
―Me han informado de que las nuevas armas están casi terminadas ―dijo de pronto el emperador mirando al padre de Lena. El resto de presentes también miró hacia los Luthor.
―Así es, alteza, las tendremos preparadas para la exhibición ―aseguró Lionel muy complaciente.

Kara también los contemplaba, y dedicó unos instantes a Lena, provocándole un vuelco en el pecho. Tuvo que bajar la mirada, porque se sintió incapaz de mantenérsela. Cerraba los puños con fuerza, apoyados sobre sus piernas y respiraba un poco acelerada.
La comandante Danvers estrechó un poco los ojos, no entendía la reacción de la joven Luthor, pero dejó de mirarla enseguida, pues Edge volvió a hablarle.
―Creo que ya sé lo que te pasa ―susurró Lillian para que sólo su hija la escuchase.
―¿Eh? ―exclamó asombrada.
―Ver a Overgirl en persona te ha causado mucha impresión, ¿verdad? ―declaró tranquilamente―, nuestra más grande y gloriosa soldado, de la que sólo pudimos escuchar hazañas durante los últimos años, y esta noche la tenemos sentada en nuestra mesa.
Lena rio con nerviosismo. Su madre no se enteraba de nada, por fortuna, y le acababa de dar la coartada perfecta.

―Justo eso, madre ―mintió―, su presencia me… «trastorna, me trae demasiados recuerdos…» me impacta mucho.
―No es para menos ―intervino Verónica sin que nadie se lo pidiera―, Overgirl es impresionante, dicen que su poder rivaliza con el del mismísimo Overman.
Lena no replicó con palabras, se limitó a sonreír en una mueca.
―Mon-El también es muy poderoso, pero no alcanza el nivel de Overgirl ―señaló Lex―, me da rabia que esa mujer le supere.
Lena rodó los ojos, el lado machista de su hermano le resultaba insoportable, así como otros lados que prefería no recordar.
―A mí me da igual quién es más poderoso, ninguno de ellos tiene rival en el mundo ―dijo Verónica―, ¿crees que Overgirl y Mon-El son amantes? ―preguntó con ese tono tan desagradable que utilizaba cuando quería fastidiar a Lena―, los soldados más gloriosos del imperio juntos, serían una pareja explosiva, ¿no crees?
«Te estamparía la cara contra la mesa ahora mismo ―pensó Lena con una sonrisa maliciosa―, pero seguro que tu marido y otros invitados no lo verían con buenos ojos.»
¿Cómo hacía aquella mujer para decir siempre lo que más daño podía hacerle?, la odiaba.

―Reign sí era rival para ellos ―dijo de pronto Maxwell Lord, obviando los derroteros románticos que había iniciado su esposa.
Kara dejó de prestar atención a Mon-El y los miró de soslayo al escuchar aquel nombre tan conocido para ella. Lena notó su gesto y la miró. Kara y Sam habían pasado ocho años sin verse, y, sin embargo, Kara la recordaba. Quizá si Lena pudiera hablar a solas con ella, la recordaría también.
―Pero Reign es una sucia traidora al régimen, al imperio ―espetó Lex con desprecio―, tuvo en sus manos el mayor honor que se puede tener en este mundo, y nos escupió a la cara aliándose con esa escoria rebelde.
―Por suerte para nosotros, Reign no supuso ninguna amenaza real ―añadió Maxwell―, y lo mismo pasaría con Overgirl o Mon-El, si perdieran el juicio.
«Así que todos vuestros súper soldados tienen esos implantes o lo que demonios sea para anular sus poderes cuando os da la gana, sois unos cobardes», reflexionó Lena.

―Comandante Danvers, por favor, cuente a mis invitados cómo se desarrolló la campaña contra los rebeldes rusos ―pidió el emperador.
―Por supuesto, alteza ―replicó Overgirl―, eran muchos más de los que pensábamos y se escondían en demasiados refugios, así que nos llevó mucho tiempo localizarlos a todos…
Hablaba con frialdad, incluso cuando pronunciaba las palabras matar, eliminar, o destruir. Parecía que nada le afectaba. Justo lo contrario de lo que experimentaba Lena al escucharla, incapaz de reconocerla como la chica amable y tierna que conoció años atrás, ¿Kara había desaparecido para siempre?, no podía aceptar eso. Mon-El miraba a su compañera con gesto imperturbable, era imposible saber lo que cruzaba su mente. Egde y Lord la contemplaban con evidente orgullo. Volvió a sentir angustia y el deseo de salir corriendo de aquel salón regresó a su corazón.

Pero no tuvo que inventarse más excusas, Edge recibió un mensaje en su teléfono móvil y se disculpó con los presentes junto a Overgirl y Mon-El. Debía tratarse de algún asunto bélico. ¿Qué más daba?, el caso era que había perdido la oportunidad de acercarse a Kara, aunque no estaba segura de poder hacerlo en el estado de shock y decepción que se encontraba. Sus ojos siguieron a Overgirl mientras abandonaba la estancia. Lena detestaba el símbolo de las SS que llevaba en el uniforme, pero debía admitir que dicho uniforme le sentaba como un guante, Kara tenía un aspecto atlético y atractivo que la perturbó durante unos instantes. Se reprendió a sí misma por pensar en algo así y volvió a centrarse. Necesitaba hablar con Sam cuanto antes.
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Cat Grant sonrió al recibir el mensaje de Lena. Cuando tenía la necesidad de abandonar la mansión Luthor y reunirse con los rebeldes, solía pedirle ayuda y utilizarla de excusa. Los Luthor respetaban a Cat, era una mujer poderosa en Berlín, dirigía el periódico CatCo, uno de los más importantes de la ciudad y del país entero. Lena no era menos que su familia en esto, pero tenía un motivo más para admirar a Cat Grant, que era una aliada de la causa rebelde, pero eso lo sabían muy pocas personas, por suerte.
―Necesito ir al DEO, tengo que hablar con Sam con urgencia ―aseguró Lena.
―Por tu tono de voz, parece que se trata de algo muy importante ―contestó Cat.
―Lo es, Cat, así que… me veo obligada a ponerte de excusa una vez más ―admitió la joven Luthor. Cat rio.
―Ya sabes que es un placer para mí ayudarte en todo lo que perjudique a esos descerebrados asesinos ―exclamó la mujer―, pero me preocupa que llegue el día en el que tus padres te pregunten cuándo vas a empezar a trabajar para mí ―bromeó―, te muestras tan fascinada con el periodismo, Lena, que es el paso natural que pueden esperar.
―En realidad sí me gusta tu trabajo, Cat, me trae hermosos recuerdos… ―confesó Lena―, me hace sentir un poco más cerca de ella.
―¿De tu amiga Kara Danvers?

Cat lo enunció como pregunta, pero ya sabía la respuesta. Lo primero que hizo cuando Lena Luthor se acercó a ella con intenciones de hablar sobre los rebeldes, fue investigarla en profundidad. En aquel mundo, nadie estaba a salvo de ser engañado, traicionado o chantajeado, y ella tenía mucho que perder si la descubrían y la acusaban de alta traición, una posición de poder con la que ayudar a la gente inocente y dos hijos a los que amaba por encima de todo. Cuando quedó satisfecha con los resultados de su investigación, empezó a confiar en Lena, poco a poco, hasta conocerla lo suficiente como para estar segura de que vivía la causa rebelde con la misma intensidad que ella.
―Sí… te he hablado muy poco de ella porque me duele recordar lo que pasó.
―Sigues sintiéndote culpable por no haber podido rescatarla hace ocho años ―replicó Cat con acierto.
―No puedo evitarlo, pero tal vez las cosas cambien a partir de ahora… ―anunció.
―¿Ah sí?, ¿tiene que ver con eso de lo que quieres hablar con Arias? ―No se le escapaba nada a su olfato de periodista.
Se despidieron y Lena comunicó a su madre que iba a pasar la tarde en la redacción de CatCo. James preparó uno de los coches y cambió de dirección cuando pensó que estaban a salvo de miradas indiscretas. Su destino estaba a las afueras de Berlín.
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―Gracias por traerme, James, te llamaré cuando haya terminado ―dijo Lena mientras salía del vehículo.  Él asintió con la cabeza y se alejó de allí.
El DEO era un refugio subterráneo que se había ido ampliando conforme se unían más rebeldes a la causa. También habían incrementado su tecnología con el tiempo. La mayoría de ellos vivían como fugitivos, escondidos bajo tierra, salvo cuando realizaban misiones contra el régimen o salían a tomar aire fresco por breves ratos, pero también había quienes, como Lena Luthor, llevaban una doble vida, fingiendo ser fieles al emperador, y traicionándolo a sus espaldas. Muchas veces, estos últimos corrían más peligro que los únicamente rebeldes.

Lena conocía demasiado bien el camino, tras varios años caminando por aquellos pasillos y dependencias. Tocó suavemente a la puerta y la voz de Sam le dio permiso para entrar en su habitación personal. La joven Luthor cruzó el hueco de inmediato y la vio sentada en su escritorio con un libro en las manos. Sam y su afición por los libros, por la historia… No lograron arrancarle esa pasión en los años que estuvo reclutada. Su cabello castaño caía más allá de sus hombros, ocultándole el rostro en aquella posición. Al escucharla entrar, Sam se volvió hacia ella y le dedicó una ligera pero auténtica sonrisa, siempre le alegraba recibir sus visitas. Dejó el libro sobre la mesa y se levantó de la silla. Seguía siendo bastante delgada, pero había ganado un poco de peso desde que la rescataron, ahora se veía más saludable.

―Adelante, dime eso tan importante que tenías que decirme ―la invitó sin dejar de sonreír. Lena no la hizo esperar.
―Vamos a tener que modificar nuestro plan original.
―¿Qué quieres decir? ―preguntó Sam extrañada.
―E incluir una misión de rescate ―continuó Lena.
―¿Cómo?
—¡Kara está viva, la he visto! ―exclamó de pronto. Sam la miró con atención y desconcierto.
―¿Qué? ―Fue lo único que logró pronunciar.
―¡Kara es Overgirl… anoche asistió a la cena en palacio, se quitó la máscara y es ella, es Kara!
―No puede ser… ―susurró Sam negando con la cabeza sin dar crédito.
―Yo me sentí igual cuando la vi delante de mí ―admitió Lena.
―¿Pero estás segura de que era ella? ―No podía ser cierto―, ¿y no una chica que se le parece?
—Sam, la última vez que vi a Kara tenía 16 años, no era un bebé, no ha cambiado tanto… —Lena se detuvo un instante a recordar los rasgos de la Kara adulta…— Bueno, sí ha cambiado, ahora es una mujer de veintiocho años, pero sé que es ella… tenemos que decírselo a Alex, tiene que saber que su hermana está viva.

—No tan rápido, Lena, antes debemos asegurarnos de que se trata de ella —afirmó Sam con seriedad.
―El emperador la presentó como la comandante Danvers, no es sólo empeño mío, Overgirl es en realidad Kara ―sentenció la joven Luthor.
Sam resopló, apartó la mirada y empezó a caminar por la habitación con las manos en la cintura.
―¿Y ella te reconoció a ti? ―inquirió Sam.
―Pues… creo que no… ―declaró con tristeza― Tampoco me miró mucho, puede que estando un rato a solas… tal vez he cambiado demasiado.
―No, Lena, no has cambiado tanto como para que no te reconozca ―aseguró Sam―, ahora es Overgirl ―añadió, como si eso lo explicase todo.
—Cualquiera diría que no te alegras de que la hayamos encontrado ―acusó Lena―, no te entiendo, Sam.
—Lo que pasa es que yo he vivido cuatro años con esos monstruos ―explicaba Sam con una mezcla de rabia y dolor en la mirada―, ya no soy la misma, ya no confío en nada ni en nadie, Lena.
—¿Ni siquiera en mí? —preguntó Lena acortando la distancia entre las dos.

8 AÑOS ATRÁS…

Abrieron la última puerta que los separaba de ella y la vieron. Sam estaba intentando incorporarse desde el suelo, con evidentes moratones y heridas. A Lena se le partió el corazón al verla en aquel estado lamentable, no sólo por su aspecto sino también por su comportamiento. Sam los observaba temblorosa, y se encogió asustada cuando la joven Luthor caminó hacia ella.
―No, más no, por favor… ―suplicaba sollozando―, no quiero más pruebas de resistencia… por favor…
―Tranquila, no voy a hacerte daño… ―Siguió acercándose a ella― Sam, soy yo, Lena, ¿no me recuerdas?
―¿Lena…? ―repitió en voz muy baja, mirándola a los ojos.
La joven Luthor se horrorizó al ver en los suyos el miedo y el sufrimiento.
―Sam… estás a salvo, no volverán a hacerte daño ―aseguró con un tono de voz suave para no sobresaltarla más.
―Lena… ―musitó con un brillo distinto en la mirada que no todos interpretaron como algo bueno.
―Ten cuidado, Luthor ―dijo un hombre joven que esperaba en la puerta―, no es la Sam que conocías.
Lena hizo oídos sordos, se agachó y acercó su mano hasta rozarle la mejilla, sonriéndole con cariño. Sam cerró los ojos al sentir su cálido tacto.
―Ya estás a salvo, te lo prometo.
Existía la posibilidad de que Sam reaccionase violentamente, a Lena no le importó. Se inclinó sobre ella y la abrazó. Entonces la notó temblar.
―Lena… ¡Lena! ―exclamó entre lágrimas mientras la abrazaba con desesperación. 

ACTUALIDAD
―Sabes que sí ―contestó Sam, sintiendo las manos de Lena sobre las suyas.
La joven Luthor avanzó hasta que unieron sus frentes con los ojos cerrados. Segundos después, sus labios se habían encontrado, compartiendo un beso cargado de complicidad. Al separarse, ambas se miraron y sonrieron.
Nunca habían puesto nombre a su relación, nunca habían sentido esa necesidad, simplemente, se dio. Lena estuvo junto a Sam desde el día en que la rescataron de las instalaciones “Lord Technologies”, como amiga, como compañera de causa, y el tiempo hizo que su amistad se fuera estrechando. Por parte de Lena, el pensar que nunca volvería a ver a Kara fue detonante para que un día cruzaran la línea. No sabían cuándo podían ser descubiertas y detenidas, torturadas, asesinadas… así que, cada nuevo día que vivían sanas y salvas era un regalo que disfrutaban intensamente.
Tampoco hablaban de lo que cada una sentía, a Lena eso la aliviaba, prefería no darle vueltas, y a Sam… Sam nunca terminaba de mostrar lo que llevaba dentro, fue una de las cosas que le inculcaron durante su reclutamiento forzoso.

―Tienes razón, nuestra misión ya no es sólo averiguar cómo anularon mis poderes ―aceptó Sam―, tenemos que liberar a Kara de esos cerdos, y de paso dejarlos sin Overgirl. Pero tenemos que estudiar bien el tema, saber si Kara nos recuerda…
―Lo sé, hemos de pensar en todas las posibilidades ―observó Lena, contenta de que Sam creyera en lo que le había contado.
―Por cierto, yo también tengo noticias ―señaló Sam sonriendo―, aunque no son tan increíbles como las tuyas…
―¿De qué se trata? ―preguntó Lena interesada.
Sam la cogió de la cintura y la levantó sin ningún esfuerzo, sobresaltándola.
―¡Estoy recuperando mi poder, lo que el cerdo de Edge me hizo no era permanente como pensamos! ―exclamó esperanzada mientras la dejaba en el suelo.
―¡Eso es fantástico! ―replicó Lena entusiasmada.
―Tenemos que poner a Kara de nuestro lado, con mis poderes y los suyos, derrotaremos a Mon-El y al ejército nazi ―pronunció con decisión.
XXXXXX



―¿Kara es Overgirl? ―susurró Alex casi sin voz, no podía creérselo.
―Confío en lo que vio Lena, y que la llamasen por vuestro apellido es bastante revelador ―dijo Sam.
―Siempre deseé que Kara siguiera viva, y nunca perdí la esperanza de encontrarla, pero… no así ―confesó con tristeza―. Overgirl es el mayor perro de presa del régimen, es todo contra lo que luchamos, todo lo que odiamos…
―Alex… ―intervino Lena cogiéndole el brazo para tratar de tranquilizarla― Sé cómo te sientes, no imaginas lo que supuso para mí tenerla delante con ese maldito símbolo en su pecho. Pero todo lo que ha hecho Overgirl estos últimos años, es obra de Maxwell Lord y sus secuaces, no de Kara, estoy completamente segura.

Alex cerró los ojos unos instantes y tomó aire. Sabía que Lena tenía razón, pero eso no quitaba que habían convertido a su hermana pequeña en un monstruo, justo lo que su padre más temía que sucediera. ¿Cómo iba a contarle algo así a su madre después de haberse quedado viuda y haber tenido que aceptar que la única hija que le quedaba se hubiera aliado con los rebeldes poniendo en riesgo constante su vida? Suspiró y contuvo las lágrimas. Lena la abrazó por los hombros, Alex agradeció el gesto. Sam también lo sentía, y doce años atrás la habría abrazado sin dudar, pero ahora era una mujer más fría y muy disciplinada, no quiso perder de vista su misión.
―Ya le he dicho a Lena que lo primero es averiguar qué recuerdos conserva Kara de nosotras, de su pasado antes del reclutamiento, y en base a eso, podremos decidir qué hacer.
―Estoy de acuerdo ―afirmó Alex.

Lena se despidió de ellas y abandonó el DEO, no quería levantar sospechas en su familia. Alex también se dispuso a dejar el refugio, pues en dos horas tenía horario de laboratorio en el hospital en el que trabajaba como una alemana respetable más. Además de su cariño por Sam y Kara, Lena y Alex compartían el peligro de llevar una doble vida. Lo tenía todo listo cuando una voz femenina la hizo volverse.
―¿Estás bien, Danvers? ―preguntó Maggie Sawyer, una rebelde reciente―, desde que has hablado con tus amigas te noto muy decaída, ¿ha pasado algo?
―Maggie… ¿cómo sabes siempre cuando me pasa algo? ―preguntó Alex sonriendo con abatimiento.
―Soy observadora… ―contestó la chica― sobre todo cuando se trata de alguien a quien aprecio ―añadió Maggie ganándose una mirada intrigada por parte de Alex.
―Gracias… desde que te conozco, siento que puedo confiar en ti sin miedo ―dijo Alex mirándola a los ojos.
―Soy yo la que está agradecida, Danvers ―afirmó Maggie con vehemencia. Alex bajó la mirada sin dejar de sonreír, pero Maggie retomó la conversación, rompiendo el ambiente extraño que se había generado entre las dos―. Si crees que te puede hacer sentir mejor, cuéntame lo que ocurre.

Alex salió del breve ensimismamiento en que llevaba cayendo desde hacía un tiempo con Maggie y recordó la conversación con Sam y Lena. Le habló de lo sucedido.
―Temes el daño que esto le hará a tu madre, ¿verdad? ―Maggie la entendía.
―Sí… yo todavía estoy intentando asimilarlo, pero no sé cómo podría encajarlo mi madre ―admitió Alex―, nunca me perdoné que se llevasen a Kara delante de mí y no poder hacer nada, ese mismo día les dije a mis padres que me uniría a los rebeldes. Ellos se horrorizaron, no los culpo, al poco tiempo, mi padre enfermó y murió en menos de un año… ―Se detuvo unos instantes―, sé que sentía la misma culpa que yo por dejar que se la llevasen, y siento que acabó rindiéndose ante su enfermedad. No sé cómo lo hizo mamá, yo no pude más, y perder a mi padre fue la gota que colmó el vaso. Contacté con los “guerreros de la libertad” estando en la universidad y no he dejado de colaborar con ellos, confiando en que mi hermana pequeña seguía viva y que algún día la encontraría.

―Quizá debas esperar para contárselo a tu madre, ver cómo se desarrollan las cosas ―sugirió Maggie.
―Eso es buena idea, no quiero causarle sufrimiento en vano ―concordó Alex―, gracias, Maggie ―agradeció con una sonrisa sincera.
―¿Para qué están las compañeras? ―Maggie le rozó el hombro con el puño en un gesto de complicidad. Alex rio― ¿A qué hora entras a trabajar, Danvers?
―¿Eh? ―exclamó Alex mirando su reloj― ¡Mierda, me queda menos de una hora para estar en mi puesto de trabajo! ―Ahora fue el turno de Maggie para reírse.
―Siento haberte entretenido, Danvers.
―¡No te preocupes, me encantó hablar contigo, nos vemos pronto, Sawyer! ―gritó Alex mientras corría en dirección al ascensor.
Maggie la despidió agitando la mano y con una amplia sonrisa.
―Veo que te has adaptado estupendamente al DEO y a nuestro equipo ―sonó la voz de Sam a sus espaldas causándole un respingo.
―Arias… ―la reconoció― Sólo estaba…
―No tienes que darme explicaciones de nada, Winn quiere verte ―informó con voz amable pero distante.
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Como siempre, Cat Grant se enteraba antes que nadie de las novedades e informó a los rebeldes de que Overgirl asistiría a la próxima inauguración de un edificio militar en las afueras de Berlín. Era la ocasión que Lena estaba esperando para poder hablar con Kara. También estaría allí Morgan Edge, así que tendría que zafarse de él como fuera.

Cuando dijo a sus padres que quería asistir a tal evento, se emocionaron por su interés en algo del régimen. Su hermano Lex se extrañó un poco y quiso acompañarla para verlo con sus propios ojos, pero Lionel truncó sus planes, obligándolo a asistir a una reunión en Luthor Corp. La joven Eve Teschmacher, sirvienta de los Luthor desde hacía varios años, acompañó a Lena. James se quedó en una calle paralela con el vehículo, el color de su piel le prohibía acercarse más. Gracias a su apellido, Lena pudo sentarse en una zona de vistas privilegiadas, junto a otras personalidades del imperio. Eve se quedó de pie, varios metros atrás.

Morgan Edge se presentó ante la gente acompañado de varios soldados de alto rango, entre ellos, Overgirl, tal como les había informado Cat. No podían dejar pasar la oportunidad de exhibir a Overgirl ahora que la tenían en Berlín, la capital del imperio. Llevaba su uniforme de color negro con adornos en rojo sangre, y la máscara, la maldita máscara que Lena había estado viendo durante años en la prensa y la televisión, ignorando que tras ella, se encontraba Kara. Esta vez se sentía más fuerte y más decidida, no se marcharía de allí sin hablar con la comandante Danvers, aunque para eso tuviera que inventarse que era una gran admiradora suya.

CONTINUARÁ…

3 feb. 2018

"¡Ay, mis madres!" (Flozmín) Capítulo 1



“Flor y Jazmín han disfrutado de dos años de felicidad retomando su trabajo en el “Estrellas hotel” y cuidando de sus hijas, Viole y Meli. Pero una llamada del padre de Jazmín cambiará las cosas, obligándolas a enfrentar nuevas circunstancias que pondrán a prueba su relación.”

CAPÍTULO 1
Aunque las cincos hermanas Estrella habían decidido retomar la gestión del “Estrellas hotel”, sólo Carla y Flor estaban dedicadas a tiempo completo, ya que las demás querían compaginarlo con sus carreras en solitario. Virginia volvió a ejercer la abogacía en un bufete, Lucía daba conferencias en la universidad de cuando en cuando y Miranda seguía cosechando éxito como cantante por toda Argentina.

En cuanto a sus parejas, Jazmín y Lucho también regresaron al hotel como gerente y chef. Javo y Fede lo hicieron en sus antiguos puestos pero sin dejar de lado la empresa de catering que habían fundado, por lo que la cocina la llevaba principalmente Jazmín. Mariano, por su parte, seguía colaborando con el hotel con el servicio de remís, pero rara vez trabajaba de chófer, pues tenía algunos empleados que lo hacían por él, como por ejemplo Dani. En cuanto a Trini y Leo, ahora prometidos, seguían al pie del cañón en sus puestos de siempre.

Carla cruzó la puerta de la cocina del hotel y se encontró a Javo completamente solo.
―¿Qué hacés acá solo?, ¿dónde está Jazmín?
―Se cogió el día franco ―informó el cocinero.
―¿Y Florencia?, no la he visto por el hotel ―preguntó ingenuamente.
―También se cogió el día franco ―replicó Javo con cara divertida. Carla arrugó el entrecejo con gesto de aprensión, había entendido perfectamente.
―¿Cuánto les va a durar la luna de miel? ―exclamó casi escandalizada―, yo no estoy así con Lucho, ¿viste? y nos casamos hace sólo un año.
Javo se contuvo la risa.
―Les va re bien, eso es innegable.
―Tendré que llamar a Lu o a Miranda, pero seguro que no querrán venir ―se quejaba Carla―, qué pelotuda Flor, me ha dejado sola sin avisar, y se supone que nosotras dos somos las principales encargadas del hotel.
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Flor trataba de recuperar el aliento tras un intenso orgasmo. Jazmín se erguía un poco desde sus piernas, mirándola con los ojos entrecerrados y una sonrisa de satisfacción en el rostro.
―Dios, Jaz… nunca me voy a cansar de esto, posta ―pronunció entre jadeos.
―Más te vale, hermosa… ―susurró peligrosamente, relamiéndose, mientras se acercaba a su boca.
Se besaron con apetito y Flor aprovechó la posición de sus cuerpos para colar una de sus piernas entre las de Jazmín, de manera que, en un impulso, alcanzó su sexo desnudo con el muslo, haciéndola gemir.
―¿Querés jugar? ―musitó Jazmín.
―Con vos siempre ―afirmó Flor sin titubeos, y atrapó su labio inferior entre los suyos.
El movimiento del muslo de Flor estaba enloqueciendo a Jazmín, incapaz de mantenerse centrada en los besos de su esposa. Se levantó ligeramente, apoyando sus manos a los lados de la cabeza de Flor, y empezó a balancearse sobre su muslo sin dejar de mirar sus ojos marrones. A Flor le gustaba demasiado poder leer el placer en el rostro de Jazmín, su esposa lo sabía y sonreía por ello entre gemidos cada vez más intensos.

Cuanto más la veía disfrutar, más se encendía Flor. Jazmín descansó el peso de su cuerpo sobre la cama, de lado. Mantenía la pierna de Flor entre las suyas, su esposa entendió perfectamente y siguió estimulándola con su muslo. Pero la nueva postura le daba más juego a Jazmín, cuyos dedos recorrieron en una caricia la pierna libre de Flor hasta llegar a su sexo.
―Dedos rápidos ―exclamó Flor de pronto. Jazmín amplió su sonrisa entre gemidos, pues Flor no había dejado de mover su muslo contra su entrepierna.
Ahora las caricias eran mutuas, y los jadeos y gemidos de las dos se entremezclaban en el aire de su habitación. Se fueron guiando hasta poder alcanzar el orgasmo juntas, y después se abrazaron, compartiendo el sudor de su piel y el martilleo de sus corazones contra sus pechos.
―Te quiero, mi amor… ―susurró Flor.
―Yo también te quiero, mi chiquita ―contestó Jazmín con los ojos cerrados.

―¿Crees que lo conseguiremos? ―preguntó Flor contemplando el techo. Jazmín abrió sus ojos verdes y la miró. 
―Obvio que sí, tendremos un bebé biológico, ya lo verás.
Flor sonrió agradecida por tener a Jazmín a su lado, siempre estaba dispuesta a levantarle el ánimo y siempre lo conseguía.
―Hemos fallado dos veces, pero eso no quiere decir nada, ¿verdad?
―¿Me estás cargando?, claro que no… ―dijo Jazmín apretándola contra su cuerpo.
―¿Quién debería intentarlo la próxima vez?, ya lo hemos probado una vez cada una.
―No lo sé, ¿a suertes? ―sugirió con una sonrisa.
―Gracias… ―afirmó Flor mirándola a los ojos.
―¿Por qué?
―Por todo, no podría tener mejor esposa y madre para mis hijas ―aseguró mientras se abrazaba aún más fuerte a ella.
―No podés ser más linda vos… ―musitó Jazmín conmovida.
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―¡Mamis! ―chilló feliz Meli al ver a Flor y Jazmín entre los demás adultos que esperaban en la puerta del colegio. Las besó a las dos en cuanto llegó junto a ellas.
―¿Cómo te ha ido el día? ―preguntó Jazmín.
―Muy bien, me encanta lo que está contándonos la profesora de historia esta semana.
Melisa tenía once años y estaba mostrando un gran interés por los estudios, a diferencia de su hermana Violeta, de dieciséis, que no destacaba por sus notas salvo en la asignatura de música, su gran pasión.
―¿Dónde está Viole? ―preguntó Flor tratando de buscarla entre las chicas que salían del edificio escolar.
―Allá está ―dijo Jazmín, que por su estatura tenía mejor visión. La saludaron agitando las manos en el aire y Viole las vio y caminó hacia ellas. Mostraba menos entusiasmo que su hermana pequeña.

―¡Hola cariño! ―saludó Flor en cuanto la tuvo a su lado―, ¿todo bien?
―Sí, sólo fue un día aburrido, igual ―declaró Viole curvando un poco los labios.
―¿Hoy no tuviste música? ―preguntó Jazmín mientras caminaban hacia su auto.
―No, sólo tengo música los lunes y los miércoles.
Jazmín y Flor intercambiaron una mirada ya sentadas en el auto. Desde que había empezado el nuevo curso, un mes atrás, Viole se había vuelto más introvertida y seria. Estaba en plena adolescencia y ese cambio de comportamiento era relativamente normal, pero sus madres no podían evitar añorar los tiempos en que se mostraba más alegre y cariñosa, como Meli. Flor recordó las palabras de su hermana Virginia y sonrió, “¿querés tener otro hijo ahora que tenés una adolescente en casa y otra que pronto lo será?, sos una loca, Florencia”.

―Hoy es mi día franco así que ya sabéis que no voy a cocinar la cena ―informó Jazmín―, ¿qué pedimos?
―Mami y yo podemos cocinar algo para las cuatro ―se ofreció Meli.
―¿Es una joda, enana?, no quiero morir de intoxicación ―se burló Viole. 
―¿Eso lo decís porque Meli cocina mal o por mí? ―preguntó Flor riendo.
―No diré nada más ―replicó Viole entre risas.
―Pedimos chino, decidido ―afirmó Jazmín.
―Ah, buenísimo, ¿vos también pensás que cocino mal?, esposa traicionera. 
Las cuatro se rieron.
―Sabés que no, pero hace tiempo que no comemos del chino, ¿os apetece, chicas?
Las niñas respondieron que sí de inmediato.
―Este fin de semana cocinaré para todas, se van a enterar ―amenazó Flor parpadeando deprisa. Jazmín sonrió sin apartar la vista de la calle.
―¡Yo te ayudaré, mami! ―exclamó Meli emocionada.
―¿Cómo no? ―espetó Viole, y su hermana le sacó la lengua.
XXXXXX



Jazmín se llevó a las niñas con ella para comprar la cena. Flor se quedó en casa porque había quedado con Virginia, que iba a pasar por allí para recoger unos papeles del hotel, pues se encargaba de los asuntos legales junto a Garibaldi.
―¡Qué hermosa está Estrella! ―exclamó Flor al ver a su sobrina.
―¡Tía For! ―contestó la bebé estirando los bracitos para abrazarla. La conocía bien pues Vir y Javo se veían bastante con la familia de Flor y Jazmín.
―Todavía no ha aprendido a decir bien tu nombre ―explicó Vir.
―Esta princesita me puede llamar como quiera ―dijo Flor mientras la abrazaba amorosamente y la sentaba en su carrito. Su hermana se quedó callada mirándola.
―¿Todo bien, Vir?
―Tenés muy buena onda con los niños pequeños, deseo de corazón que logren tener un bebé de ustedes ―manifestó Virginia―, sé lo mucho que lo desean.
―Gracias, Vir ―contestó Flor cogiéndole la mano.
―¿Y por lo demás?, todo bien, ¿no? ―Virginia la miró con picardía.
―Sí… las niñas son un amor y Jazmín… ―Sus ojos oscuros brillaban ilusionados―, cada día la amo más, Vir, es como si no hubiera límite… me siguen temblando las rodillas cuando me clava sus ojos verdes, sigo con mariposas en la panza…
―Te comprendo, me pasa lo mismo con Javo, me alegra verte así, te lo merecés todo.
―Vos también, Vir, ¿qué haría yo sin vos? ―Las hermanas se abrazaron con fuerza.
XXXXXX



―¿Cómo están Vir y Estrella? ―preguntó Jazmín mientras abría los paquetes del restaurante para servir los platos.
―La bebé está hermosa y Vir muy feliz, me dijo que la semana que viene podríamos juntarnos con ellos para cenar ―contó Flor.
―Me parece buena idea.
―Espero que no sea el viernes, la tía Miru da un concierto acá en Buenos Aires y me gustaría ir a verla ―anunció Viole.
―¡Yo también quiero ir! ―exclamó Meli.
―Cariño, todavía sos joven para ir a esos conciertos ―dijo Jazmín tratando de quitarle la idea.
―No es justo, Viole siempre ha ido y yo nunca ―se quejó cruzando los brazos delante del pecho.
―Yo ya tenía catorce años cuando nos adoptaron, boluda ―se burló su hermana mayor―, sólo te quedan tres años para poder ir, no es tanto ―se rio.
―Reíte ahora, que ya me reiré yo cuando lleve a cabo mi venganza ―aseguró Meli haciendo puchero.
―Qué miedo tengo… ―bromeó Viole. Meli le dedicó una mirada furibunda.
―Viole, no hagás rabiar a tu hermana ―demandó Flor―, ¿quieren gyozas?
―¡Sí! ―gritaron al unísono las tres mujeres que componían su familia.
―Tranquilas, hay para todas ―replicó Flor sin dejar de sonreír.
XXXXXX



Era jueves, así que mandaron a las niñas a dormir temprano, pues tenían que madrugar para ir a clase al día siguiente. Flor estaba terminando de recoger la mesa mientras Jazmín fregaba los platos. Cuando depositó los últimos cacharros en la encimera de la cocina, se acercó a su esposa y la abrazó por la cintura, pegándose a su espalda. Después besó su cuello, provocándole un escalofrío a Jazmín.
―Así vamos a tardar el doble o el triple…
―¿Y qué?
―Que tendremos menos tiempo para estar cómodamente en la habitación…
―Raba convincente… está bien, dale, ¿qué tengo que hacer para terminar antes?
―Me encantás cuando te ponés tan ansiosa ―susurró Jazmín contra su boca antes de besar sus labios.
―Calláte… ―musitó Flor con una sonrisa azorada.
―¿Sabés? ―dijo Jazmín volviéndose totalmente hacia ella y echándole el pelo hacia atrás con ternura.
―¿Qué cosa?
―Me gustás como el primer día… no, más, mucho más que el primer día.
―¡Ay, Dios! ―exclamó Flor mientras se arrojaba al cuello de Jazmín y besaba su boca con ganas.

―¿Qué pasó? ―preguntó Jazmín divertida por la reacción de su mujer.
―Felpudo mojadito.
―Apa, mi señora quiere que cumpla con los deberes conyugales, ¿viste?… ―bromeó Jazmín con segundas intenciones. 
―Obvio, dale, Jaz, terminemos ya con los platos ―rogó Flor―, tengo cosas más interesantes que hacer con mi señora ―aseguró.
―Mirá… ¿y qué cosas son ésas? ―insistió Jazmín.
―Pues… cosas…
―¿Cosas? ―Jazmín no pudo resistirse.
―¡Comerte la casita! ―confesó Flor para después mirarla parpadeando muy rápido y con una amplia sonrisa.
―Te amo ―dijo Jazmín riendo y abrazándola intensamente.
―Yo también te amo… vulva traviesa.
Seguían abrazadas y riendo cuando sonó el celular de Jazmín sobre la mesa. Se miraron extrañadas, era un poco tarde para recibir llamadas y se preocuparon.
―Es… el abogado de mi papá, parece serio, ahora vuelvo.
―Dale ―asintió Flor.

Jazmín se retiró a la habitación que utilizaba como estudio para pintar. Flor miraba la puerta cerrada con cierta angustia. La comunicación entre Jazmín y su padre había sido prácticamente nula desde que la conocía. Ernesto del Río no felicitó a su hija por su casamiento, ni siquiera quiso conocer a sus nietas, ¿qué quería ahora? Cuando Jazmín cruzó la puerta tenía la cara pálida.
―Es mi papá… se muere.
Flor notó la tristeza en la voz de su esposa y se acercó hasta ella para abrazarla con fuerza. Jazmín apoyó la cabeza en el hombro de Flor.
―Quiere decirme algo sobre su agencia de publicidad… quiere verme… y a vos también, Flor, y a las niñas…

CONTINUARÁ…

9 ene. 2018

"Yo no buscaba a nadie... y te vi" (Flozmín) One-Shot



NOTA DE LA AUTORA:
Para que nadie se desilusione leyendo, este One-Shot es sólo una idea de cómo podrían haberse conocido Flor y Jazmín diferente a como fue en la serie. Traté de reflejar sus personalidades y ser lo más fiel posible a la serie original. Espero que os guste. 

 

YO NO BUSCABA A NADIE… Y TE VI

Jazmín se esforzaba, pero no lograba los resultados deseados. La relación con su padre, el rico empresario Ernesto del Río, seguía siendo tensa. Su madre la animaba a no rendirse, pero muchos días tenía ganas de alejarse de él para siempre. Después de tres años sin dirigirle la palabra, había llegado el tiempo en que prefería ignorar esa parte de ella que no podía aceptar, así todo era más fácil… para él, pero no para Jazmín.

Después de la ruptura con Elena, su padre pareció más predispuesto a recuperar el trato con ella, confiando en que quizá, la fase absurda del lesbianismo se le habría pasado a su hija. Cuando supo que estaba equivocado, a punto estuvo de retirarle la palabra otra vez, pero Rita, la madre de Jazmín, habló con él, no le gustaba verlos así, y logró que se acercasen un poco. Sin embargo, cada uno era como era, y eso nada lo podía cambiar.

Ernesto del Río preparó en su mansión una opulenta fiesta para celebrar el veinticinco cumpleaños de su hija, y como acostumbraba, no consideró necesario contar con ella para hacerlo. Jazmín sabía la verdadera intención de aquella fiesta. Su padre quería relacionarla con jóvenes adinerados, por si ocurría el milagro y conocía allí a su futuro marido. Además, no le había permitido invitar a ninguno de sus verdaderos amigos, como Javo o Jero, pues no eran en absoluto del gusto de su padre. No quería acudir a la fiesta, ¿pasar la noche soportando a los arrogantes amigos de su padre y sus babosos hijos? Pero una llamada de Rita la hizo cambiar de opinión en el último momento. Su madre la aceptaba tal y como era, quizá porque ella también era un espíritu mucho más libre y moderno que su padre, y sabía llevarla mucho mejor que él.

―Vos tenés que ir a la fiesta.
―Mamá, ya te dije que me sentiré fuera de lugar, rodeada de tantos estirados…
―Andá a la fiesta, Jazmín, dale, boluda ―insistía su madre―, ¿y si esos pelotudos tienen hermanas interesantes?
―¡Ahre! ―exclamó Jazmín entre risas―, estás loca, mamá.
―Pero puedo tener razón, ¿viste?... además, me gustaría que vos te llevases más con tu papá. ―Su hija suspiró.
―A mí también, pero es tan…
―Andá, dale, hazlo por tu mamá ―repitió Rita con voz exageradamente afectada―, quizá luego me lo agradezcas.
―¡Qué mala onda, mamá, eso es chantaje! ―exclamó Jazmín rindiéndose.

Eran las ocho de la tarde, debería haber llegado casi una hora antes, pero más valía tarde que nunca, ¿no? Respiró hondo un par de veces y se acercó a la entrada trasera de la mansión. Vistiendo vaqueros rotos, camiseta, chaqueta de cuero y botas, era mejor utilizar la entrada del servicio, no quería provocar a su padre tan temprano. Sonrió con aquel pensamiento. Pero su mente pronto tuvo que bajar a la tierra, Martina, la cocinera de la casa, la interceptó en cuanto la vio pasar por la cocina.
―¡Acá estás! ―exclamó―, qué bonito llegar tarde, ¿no te da vergüenza a vos?
Jazmín se resignó a escucharla en silencio. Sabía que Martina la quería mucho, pero tenía ideas tradicionales y no entendía muchas de las cosas de la vida de Jazmín. Para la mujer, presentarse tan tarde a su propia fiesta de cumpleaños era una ofensa para su padre, que lo había organizado todo por ella. Jazmín también le tenía cariño a Martina y comprendía su punto de vista, así que decidió esperar a que terminase. Sin embargo, algo insólito sucedió.

―¿Todo bien? ―dijo una voz femenina junto a ellas―, seguro que ya le quedó claro.
Ambas se volvieron hacia la chica morena, delgadita y vestida de camarera que les había hablado. Tenía unos hermosos ojos oscuros que cautivaron a Jazmín durante unos instantes.
―No estoy yo tan segura, con lo terca que es, necesita que le digan las cosas muchas veces ―dijo Martina con total confianza.
―Relajá un poco, raba insistente, perdón, no quise decir eso.
Jazmín no pudo evitar sonreír ante la puteada de la desconocida, y seguía asombrada por su repentina intervención. La cocinera no sonreía en absoluto.
―Y vos te metés en conversación ajena cuando no tenés tu trabajo terminado ―acusó Martina a la chica―, no veo todas las copas de vino preparadas y las esperan desde hace diez minutos.
Vulva explotadora, ay, perdón, perdón, lo siento… ―La chica se disculpaba ante la risa disimulada de Jazmín y la indignación de Martina.
―Andáte con el vino, tu falta de educación me está cargando ―ordenó la mujer. Iba a decirle más cosas, pero Jazmín le tocó ligeramente el codo y la miró, haciendo que se contuviera, captando su atención de nuevo―. Y vos… me tenés contenta, esta falta de puntualidad es intolerable un día como hoy.
―Ni siquiera la dejás hablar ―atacó de nuevo la valiente desconocida. Jazmín estaba atónita―, rompe cajetas, perdón, perdón, lo siento… pero no somos máquinas, tenemos nuestras circunstancias, ser camareras no es motivo para que nos caguen a pedos sin parar, mhmm.

Ahora sí que entendía lo que estaba pasando. La desconocida, que no podía dejar de mover la mano, hacer ruidos y parpadear a toda velocidad, había interpretado que Jazmín era otra chica como ella, que había ido aquella noche a trabajar como camarera en la fiesta, y que por algún motivo se había retrasado un poco. Debió pensar que aquella situación era una injusticia y no había dudado en defenderla, a pesar de no conocerla de nada y de poner en riesgo su propio trabajo. Sintió ternura hacia ella.
―¿Vos qué decís?, ella no es una… ―empezó Martina, pero Jazmín le hizo señas muy claras para que se callase.
La mujer obedeció a su señorita, aunque no entendiera los motivos, como con casi todo lo que hacía la joven Jazmín.
―¿Se dan prisa?, esos canapés deberían estar fuera ya ―exclamó Martina a otros jóvenes que se afanaban con varias bandejas.

Jazmín había estado observando a la chica morena, que parecía luchar todavía contra sus numerosos tics. Se acercó a ella.  
―¿Mejor? ―preguntó con amabilidad.
―No sé qué decirte, mhmm, me puse nerviosa, mhmm, delante de mi jefa, boluda del orto.
―Tranquila, Martina ladra mucho pero no muerde ―aseguró con una sonrisa.
Raba ladradora, perdón, ¿la conocés de antes?, mhmm.
―¡Apa! ―Casi la había descubierto―, de otros eventos en esta casa… esperáme dos minutos, por favor.
―¿Qué?

Jazmín habló con Martina en un rincón de la cocina y se acercó de nuevo a la chica.
―Me ha dicho que podés salir un ratito al jardín pequeño de detrás para relajarte un poco.
―¿En serio? ―exclamó parpadeando rápido y llevándose las manos al pecho.
―Ya te dije… ladra pero no muerde, andá, seguro que te hará bien, dale ―dijo Jazmín sin dejar de sonreír.
―Muchas gracias, mhmm.
Jazmín se quedó mirándola marchar hasta que la perdió de vista.
―¿Escuchaste vos lo que te dije recién? ―habló de pronto Martina―, llegás tarde y te entretenés con una camarera.
―Debe tener algún tipo de síndrome, esos tics… ―reflexionaba Jazmín en voz alta, ignorando el reproche de la cocinera.
―Ya le di un descanso para que no putee más, aunque me da miedo mandarla con los invitados después de lo que vi.
―Sólo necesita tranquilizarse ―afirmó Jazmín como si la conociese de siempre.
―¿Seguís pensando en la camarera?, ¿no pensás cambiarte para la fiesta?
―Ay Martina, obvio que me voy a cambiar, vuelve con tus esclavos “vulva explotadora” ―se burló tras darle un breve beso en la mejilla.
―¡Señorita Jazmín! ―exclamó la mujer, pero su señorita ya había desaparecido de la cocina.
Inesperadamente, su madre tuvo razón, se alegraba de haber ido a su fiesta.
XXXXXX



—¿Te gustan esas flores? ―sonó una voz.
La chica se sobresaltó.
¡Concha frita!, lo siento, no sabía que estabas acá —se disculpó de inmediato al reconocerla—, sí, me gustan mucho, mhmm, son mis flores favoritas —confesó acariciando los pétales de jazmín.
—Apa, qué casualidad, las mías también —afirmó Jazmín con una sonrisa—, ¿todo bien?, ¿mejor que allá dentro?
—Sí… mejor lejos de la raba insistente, lo siento, mhmm… me hace bien estar en este jardín, es hermoso, y delante tienen uno mucho más grande, ¿verdad? ―preguntaba maravillada.
Jazmín no podía dejar de mirarla, y la curiosidad por su protectora no hacía más que aumentar, así que, haciendo gala de su actitud directa, le habló.
―Esto que te pasa, los tics y esas puteadas…
―Sufro el síndrome de Tourette, mhmm ―contestó la chica―, cuando me pongo nerviosa, empiezo a putear y mis tics se vuelven locos, soy todo un espectáculo, mhmm… es penoso.
—¿Por qué decís eso?, no es penoso ―aseguró Jazmín.
—¿Entonces qué es?, si le preguntás a todos mis jefes anteriores, seguro que habría unanimidad —dijo con una sonrisa triste en el rostro.
Jazmín se moría de ternura, y, al mismo tiempo, admiraba a aquella desconocida que en sólo un rato la había ganado mucho más que la mayoría de personas de su vida, y todo porque era honesta y auténtica.
—¿Divertido?, ¿encantador? —empezó a numerar.
—¿Me estás cargando? —Flor se rio con las mejillas algo sonrojadas. Jazmín sintió el deseo de abrazarla. Apenas la conocía y quería abrazarla—. Cambio de trabajo con frecuencia por culpa del Tourette, ¿sabés?… pero, gracias por intentar animarme, qué copada que sos... ¿Cómo te va a vos?, ¿ya te dio las órdenes esa raba vieja?
Jazmín volvió a reírse.

—Sí, ya me dijo lo mío —aseguró. Era cierto, Martina la había reprendido y le había dicho lo que debía hacer, otra cosa es que Jazmín la obedeciera.
—Y tantas prisas para nada, porque, mhmm, la señorita millonaria, mhmm, decidió retrasarse, y se supone que la fiesta era para ella —se quejó la chica. Jazmín la miró con una sonrisa de medio lado.
—No sabemos sus motivos, no es bueno hablar sin conocer ―señaló Jazmín.
—Si mi papá me preparase una fiesta como ésta… —dijo con mirada soñadora—, no se me ocurriría llegar tarde.
—Vos te llevás bien con tu papá, ¿verdad? —preguntó Jazmín con tristeza.
—Obvio, lo amo —admitió la chica con una gran sonrisa. Pero se fijó en la expresión afligida de Jazmín y no pudo quedarse callada—, ¿todo bien?, de pronto como que te apagaste.
—¿Me apagué? —Jazmín forzó una sonrisa y se sumergió en los hermosos ojos oscuros de la encantadora desconocida.
—Sé que te acabo de conocer pero… me pareces una chica muy luminosa, como muy viva… se me hace raro verte tan seria.
―Todo bien, no te preocupes… ―Jazmín no quería seguir por ahí la conversación―, ¡ey!, ¿te diste cuenta vos de que llevás un ratito sin putear? ―exclamó recuperando su habitual alegría.
―¡Posta, no he puteado en varios minutos! ―dijo emocionada, parpadeando rápidamente, con la mirada iluminada y una sonrisa tan sincera que a Jazmín le costó contener el piropo que le quemaba en la garganta. «Sos hermosa…», gritó internamente.

—Gracias por cubrirme antes, perdona, que no te agradecí ―Jazmín se centró de nuevo―, no me conocés de nada y me ayudaste, no todo el mundo hace eso… bueno, casi nadie hace eso. ¿Puedo saber el nombre de mi salvadora? —bromeó haciéndola reír con nerviosismo.
—Soy Flor —Le tendió la mano. Al fin podía ponerle nombre a la chica que la había salvado de una noche pésima.
—¿Flor?, Jazmín —Se la estrechó con una sonrisa.
—¡Cómo mis flores favoritas! —Jazmín le clavó la mirada y sonrió más al ver su expresión de alegría.
—Buenísmo… ya tengo algo que te gusta —añadió estrechando un poco sus ojos.
Flor hizo ruidos extraños y movió un brazo de manera repetitiva, para después echarse ligeramente hacia atrás de manera instintiva, como si la acechase un felino de pelaje rojo y cautivadores ojos verdes, y se sintió tonta al instante. Aquella chica sólo estaba siendo simpática, incluso divertida. Jazmín comprendió al momento, la había puesto nerviosa con su broma y se sintió culpable.
—Lo siento, te puse nerviosa ―se disculpó enseguida.
―¡No, no, qué va!, mhmm, todo bien… ―mintió Flor. Jazmín sí la había puesto nerviosa, pero no entendía bien el por qué.

Jazmín la invitó a sentarse en un banco y sacó otros temas de conversación, pero no se le iba de la cabeza el hecho de que Flor la creía una camarera, y se sentía culpable de mentirle después de todo lo que ella le había contado de sí misma.
—Yo soy la señorita millonaria ―afirmó de pronto.
—¡Me estás jodiendo! ―replicó Flor entre risas. Pero Jazmín negó con la cabeza―, ¿me estás jodiendo?, ¿vos sos…?
—Soy Jazmín del Río —insistió.
Raba mentirosa —espetó Flor sin poder evitarlo—, perdón, no quise decir eso, aunque obvio lo eres, vulva mitómana, perdón, lo siento —trató de excusarse, Jazmín se rio.
—No, perdonáme vos a mí, quise decírtelo pero… estabas tan… entregada a ayudarme que me impresionó, no conozco a mucha gente como vos, Flor ―añadió con sinceridad.
Flor trató de mantenerle la mirada, pero fue en vano. Empezó a parpadear de manera incontrolada y se vio obligada a escapar de sus ojos verdes.
―Tranquila, mhmm, todo bien, mhmm…  supongo que tenés tus motivos, vos lo dijiste recién. ―Flor recordaba las palabras de Jazmín.
Era realmente reconfortante dar con una persona tan espontánea y empática. Flor merecía respuestas.
―No iba a venir a la fiesta ―admitió Jazmín mirando el suelo―, pero hablé con mi mamá y me… convenció, siempre lo hace. ¿Sabés?, sería más fácil para mí si hoy fuera una camarera acá, así como vos ―bromeó, pero no apartó los ojos del suelo.
―Lo siento mucho ―manifestó Flor con voz suave mientras posaba su mano sobre la de Jazmín, que descansaba en su regazo.
Jazmín se sobresaltó ligeramente y miró sus manos unidas. Después miró el rostro de Flor y sintió el impulso de abrazarla con fuerza, pero de nuevo se contuvo, apenas la conocía una hora y no quería que pensase raro de ella.
―Perdón ―se disculpó Flor, pensando también que quizá era demasiado, y apartó su mano. Jazmín exhaló un suspiro casi inaudible al sentir la repentina ausencia.
―Todo bien ―aseguró Jazmín curvando los labios.

Sin embargo, Flor no se quedó satisfecha con su respuesta, y quería saber más. Necesitaba saber por qué aquella chica llena de luz no quería celebrar su cumpleaños con su padre en aquella fiesta de ensueño. No se trataba de un capricho, o de morbo, era interés genuino. La presencia de Jazmín la había tranquilizado en tiempo récord, sólo Virginia lograba eso, pero después de años de experiencia. Jazmín la intrigaba, ¿y la intimidaba cuando se acercaba demasiado y la miraba con esos ojos verdes?, ¿era eso algo malo?, ¿era bueno?, ¿estaba pensando demasiado?
Mhmm… mhmm…
―Flor, ¿qué pasó? ―se preocupó Jazmín de inmediato.
―Se hace tarde, mhmm, llevo mucho rato acá, mhmm… a la vulva explotadora no le va a gustar.
Flor podía padecer de Tourette, pero también poseía una inteligencia ágil y una gran sensibilidad, y se acababa de valer de la primera para salir airosa ante Jazmín.
―Tranquila, estás con la homenajeada ―Le guiñó un ojo―, Martina no se atreverá a decirte nada.
Mhmm… raba homenajeada… mhmm…
―Justo eso ―contestó Jazmín riendo.
Las dos permanecieron calladas un par de minutos, y Flor se fue relajando otra vez.
―No me llevo con mi papá ―empezó a relatar Jazmín. Flor se limitó a mirarla en silencio―, su mundo no me gusta para nada, un mundo en el que el dinero y las apariencias son lo más importante. Él no acepta… ―Decidió ir por otro lado―, no entiende algunas cosas que hago, le molestan… yo no me siento a gusto en su mundo. Esta fiesta la preparó él, pero no me dejó invitar a ninguno de mis amigos, toda esa gente… son conocidos suyos, no míos, ¿qué puedo hacer acá?
―Mirá, es tu cumpleaños, Jazmín, es tu noche, es tu fiesta… disfrutála lo mejor que puedas, dale ―sugirió Flor con decisión.
―¿Eh?
―Ponéte sexy, levantáte algún pibe, tomá el vino que yo te ofrezca a vos ―bromeó dejando atónita a Jazmín―, olvidáte de tu papá, pensá en vos, dale, es tu noche.
―Sos… «muy hermosa» muy buena onda, Flor.
XXXXXX



Flor estaba sirviendo una bandeja de copas de vino cuando un ligero murmullo llamó su atención. Dirigió su mirada hacia la escalinata que bajaba de la casa hasta el jardín y la vio. Jazmín lucía un espectacular vestido verde que mostraba una de sus largas y tonificadas piernas, y llevaba la melena pelirroja suelta y ligeramente ondulada, por delante de uno de sus hombros desnudos. Si a Flor le hubieran dicho que Jazmín del Río era una famosa top model invitada a la fiesta, lo habría aceptado sin rechistar. ¿Cómo podía ser tan bella?, ¿y por qué le costaba apartar los ojos de ella?
Algunas personas la saludaban, pero Jazmín tenía otras prioridades, buscaba a Flor con la mirada entre las chicas vestidas de camarera. Flor no había dejado de mirarla y sonrió sin pensar cuando Jazmín la encontró desde la distancia. La pelirroja le devolvió la sonrisa y ambas se miraron. Este gesto se prolongó en exceso para Flor, ya que uno de los invitados empezó a quejarse de su indiferencia.
―¿No escuchás lo que te digo, boluda? ―reclamó el tipo―, es la tercera vez que te pido una copa de vino.
Al ver que Flor dejaba de mirarla y seguía con su trabajo, Jazmín hizo lo propio y empezó a saludar a algunos invitados, pero con el deseo de buscarla después, quería seguir hablando con ella, no podía evitarlo.
―Sí, sí, perdón… ―Flor se acercó al tipo y su pareja con la bandeja en la mano.
―Estás acá para servirnos, ¿entendés? ―insistía el tipo.
―Sí, perdón, perdón… ―Flor parpadeó con fuerza, suplicando que la cosa no pasara de ahí, no quería perder otro empleo nada más empezar―, aquí tiene la copa de vino.
Pero en lugar de coger una copa, el hombre continuó su discurso.
―Pues no parece que entiendas, ¿qué mirabas con tanto interés, tarada? ―atacó.

¡La concha de tu madre, sorete del orto! ―estalló Flor sin remedio
―¿Qué decís? ―exclamó el tipo muy ofendido.
―¡Perdón, perdón, lo siento, mhmm, yo no quise, mhmm, decir eso, lo siento, mhmm!
Sin embargo sus disculpas vinieron acompañadas de sus tics en el brazo, y la bandeja se le escapó, rompiéndose las copas en el suelo y salpicando de vino el vestido de una invitada.
―¡¿Sos retrasada?! ―bramó el hombre cuando vio a su mujer chillando histérica porque su vestido se había vuelto de color rosa en los bajos.
―Lo siento mucho, mhmm, perdón, mhmm, boluda que soy.
Flor trató de agacharse para limpiar el vestido de la invitada con un paño que llevaba cogido a su cintura, pero la mujer la apartó con un empujón, como si su contacto le contagiase algo malo.
―¡Más que boluda, sos una verdadera incompetente! ―condenó la mujer sin piedad―, ¡arruinaste mi vestido! ―chilló exaltada.
Vulva plañidera, perdón, perdón, mhmm, yo no quise, mhmm, decir eso, mhmm…
―¡Esto es el colmo, jamás nos había tratado así el servicio! ―aulló el tipo.

Algunas personas les habían hecho un poco de corro, ansiosos de presenciar un episodio vergonzoso. Jazmín no había dejado de estar pendiente de Flor, y se acercó rápidamente en cuanto notó que algo no iba bien.
―¿Todo bien, acá? ―preguntó mientras se interponía entre Flor y la pareja alterada.
―¡Nada está bien!, ¿dónde encontraron a una camarera tan tarada e inútil? —exclamó el tipo.
―Jazmín, yo… mhmm, sólo intentaba hacer, mhmm, mi trabajo, pero este culo cagado, perdón, perdón, mhmm, este hombre, mhmm…
―Tranquila, escuché mientras me acercaba ―dijo Jazmín tomándole una mano para tratar de relajarla.
―¿Vos escuchaste?, ¡entonces deberías despedirla de inmediato, no hace nada acá!
—¿Sabés qué?, tenés razón, aquí sobra gente —Flor la miró con expectación—, pero son ustedes, les pido amablemente que dejen mi fiesta ahora mismo.
―Señorita Jazmín, no es necesario llegar a eso ―Martina también se había acercado al escuchar las voces y trataba de apaciguar la situación, conocía demasiado el carácter impulsivo de Jazmín.
Pero Jazmín se mostró inflexible, defendiendo a Flor en todo momento.
—Si vos no la hubieras puesto nerviosa, si no le hubieras hablado mal, seguramente no se le habría caído la bandeja ―sentenció.
Flor miraba a Jazmín como si fuera un bello ángel guardián aparecido cuando más lo necesitaba. La pasión con que la defendía y la calidez de su mano le provocaban una extraña sensación de bienestar en el pecho.

—Será mejor que se marche, señorita —dijo Ernesto del Río, que también apareció tras el revuelo formado—, no te preocupés por la tintorería, corre de mi cuenta, Miguel.
—Eso ya me da igual, lo que me indigna es que una simple camarerucha tarada nos haya hablado de esa forma ―declaró el tipo.
—No es que vos te hayas ganado su respeto, tratándola de esa manera —espetó Jazmín.
—Calláte, hija, esto no va con vos.
—Sí va, este tipo no tiene razón y mucho menos educación, no lo quiero en mi fiesta.
—¡Jazmín, basta! ―exclamó su padre, después miró a Flor―, márchese, señorita, Martina le pagará el tiempo que ha estado aquí.
—¿Y ya está?, ¿siempre ganan los mismos? —demandó Jazmín.
—Dejá de decir tonterías —advirtió su padre—. Siempre conseguís sacarme de mis casillas.
Ahora Flor entendía mejor lo que Jazmín le había contado en el pequeño jardín.
—Sí, es una de mis mejores cualidades, ésa y otra que seguís sin bancarte, ¿verdad?
—¡Pará! —Ernesto del Río no tenía ningunas ganas de que la orientación sexual de su hija se conociera en sus círculos sociales. Pero temiendo que Jazmín explotase si seguía enfrentándola, dirigió su ira contra alguien más débil—. ¿Y usted qué hace acá todavía?, ¿no le he dicho que se marche?
―Sí, perdón, mhmm, me voy, mhmm.
Flor trató de soltar la mano de Jazmín y obedecer al dueño de la casa, pero la pelirroja no se lo permitió y encaró de nuevo a su padre.
—Muy bien, pues yo también me marcho… está claro que mi sitio no está acá.
—¿Qué decís? ―preguntó incrédulo Ernesto mientras Martina miraba con las manos muy apretadas delante del pecho, le dolía presenciar aquellos enfrentamientos y lo había hecho demasiadas veces.
—Dale, Flor, vamos.
Jazmín tiró con suavidad de su mano y Flor la siguió a paso ligero ante la furibunda mirada de su padre, que tenía por delante la desagradable tarea de informar que la cumpleañera había abandonado la fiesta. Todo el mundo sabía que Ernesto del Río y su hija no tenía una buena relación, y ése era uno de los atractivos para asistir a aquella fiesta, la mayoría de los invitados habían ido con la esperanza de presenciar de primera mano uno de sus enfrentamientos.

Jazmín se quitó el vestido y se puso ropa de calle. Flor se quitó el uniforme. Ambas se reunieron en pocos minutos en la entrada trasera de la propiedad. Jazmín se despidió de Martina con un beso en la mejilla y salieron a la calle.  
—Siento mucho todo lo que ha pasado, Flor, ese pelotudo, ¿cómo se atrevió a hablarte así?
Flor la miraba maravillada, no recordaba una escena así desde que Virginia, su hermana mayor, se pegaba con niños en el patio porque se habían metido con ella por culpa de su síndrome. Pero Jazmín del Río no era su hermana, ni siquiera era su amiga, y sin embargo, la había protegido ante todos.
—No, Jazmín, lo siento yo, estropeé tu fiesta con mi… problema encantador —bromeó citando a la propia Jazmín—. Siento mucho que vos te pelearas con tu papá por mi culpa.
—No digas eso, Flor, no hiciste nada malo, y sigo pensando que tu “problema” no es tal cosa, sino algo que te hace a vos… especial ―aseguró con una sonrisa sincera.
—Gracias, Jaz… ¡ay!, te llamé Jaz ―dijo riendo, contagiando a Jazmín.
―Vos podés llamarme como quieras ―expresó perdiéndose en sus ojos oscuros. Que parpadeaban a elevada velocidad tras haber escuchado sus palabras.
―Pero me siento re mal, estás triste, justo hoy que es tu cumpleaños.
—No te preocupes por eso, es lo habitual con mi papá ―admitió Jazmín―, pero me temo que no volverás a trabajar allá, lo siento.
―Mejor así, no puedo contener las puteadas con pelotudos como esos ―declaró con gesto orgulloso, como si no le importase.
―Sos increíble.
Jazmín sabía que decía eso para que ella no se sintiera peor de lo que ya estaba.
―¡Todavía no son las doce! ―exclamó Flor de pronto.
―¿Y? ―Jazmín no la seguía.
―Todavía es tu cumpleaños, ¿cuántos cumples?, si no es indiscreción ―añadió con una sonrisa demasiado graciosa como para molestarse con su pregunta.
―Veinticinco.
―Muchos…
―¿Me estás cargando? ―dijo Jazmín riendo.
―No, perdón ―Flor también reía―, me refiero a que… bueno, da igual, esperáme acá.
―No entiendo, ¿dónde vas?
―Bancáme un momento ―rogó Flor uniendo las manos delante del pecho.
Jazmín asintió, desconcertada, y se retiró hacia un banco del parque al que habían llegado caminando.

Flor se acercaba a ella con las manos a la espalda y una sonrisa nerviosa en el rostro. Jazmín estrechó sus ojos, inquieta y muerta de curiosidad.
―¿De dónde venís?
―Del supermercado veinticuatro horas que hay al doblar esa esquina.
Jazmín alzó las cejas divertida y Flor le dio la espalda, ocultando lo que llevaba, para volverse hacia ella de nuevo después de un minuto.
Flor sostenía entre sus manos un pequeño pastelito con una vela encendida clavada en él. Jazmín se quedó con la boca abierta demasiado rato.
―¿No te gustan los pasteles?, te chupa un huevo los pasteles, debí preguntarte, boluda que soy.
―¡No, no, me encantan los pasteles! ―exclamó Jazmín de inmediato. No podía permitir que Flor se castigase un solo segundo por algo que además no era cierto.
―¿Entonces? ―preguntó lastimosamente con el pastel y su vela encendida en las manos.
―Es que… no esperaba algo así, es… ¡es hermoso! ―afirmó con los ojos brillantes de emoción.
―¿Te gusta?, ¿posta? ―Flor sonreía con cierta timidez.
―¡Me encanta!
A Jazmín no le había pasado por alto el detalle de que Flor había comprado incluso un mechero para encender la vela, lo veía dentro de la bolsa semitransparente que colgaba de su muñeca. ¿Cómo podía ser tan adorable?
―Puse sólo una vela, ¿viste?, el pastelito era muy pequeño para poner veinticinco, y las velas de números también eran demasiado grandes ―explicaba Flor mientras Jazmín la miraba embobada―, pedí un deseo y soplá la vela, dale, Jaz.
―Está bien… «deseo… poder disfrutar de verte tan alegre conmigo muchas veces más».

Jazmín apagó la vela y compartieron el pastelito. Después hablaron un rato más, hasta que vieron que se hacía hora de retirarse.
—Gracias, Flor.
―¿Por qué?
―Por salvar mi veinticinco cumpleaños cuando ya lo daba por perdido.
―Si no fue nada, che.
―Vos hiciste mucho.
―Vos también hiciste mucho por mí esta noche ―replicó Flor―, gracias, Jaz.
Estaban tan cerca que a pesar de la oscuridad de la noche, la luz de la farola permitía que se vieran perfectamente reflejadas en los ojos de la otra. Jazmín quería besarla, desde mucho antes del pastelito, desde antes del enfrentamiento con su padre… desde el momento en que sus miradas se cruzaron cuando la defendía delante de Martina. Flor le había llegado dentro tan rápido que le costaba comprenderlo. Flor, por su parte, luchaba para no apartar la mirada, aunque su parpadeo incesante le indicase que la cercanía de Jazmín le afectaba más de lo que podía llegar a entender. Algo en ella la atraía como la luz a las polillas. Fue Jazmín quien rompió el momento, temerosa de dar un paso en falso.

―Te acompaño a tu casa.
―Espera, Jaz… ―Jazmín la miró con toda su atención―, feliz cumpleaños ―dijo y se lanzó a abrazarla―, no te había felicitado apropiadamente.
A Jazmín le costó un instante reaccionar ante aquel gesto, pero no tardó en devolverle el abrazo. Cerró los ojos y aspiró el perfume de sus cabellos oscuros. Amaba que Flor fuese así de impulsiva. Cuando se separaron, Flor habló.
—Sé que te conozco a vos desde hace sólo unas horas, pero… siento como si fuera mucho más tiempo.
―A mí me pasa lo mismo con vos ―se sinceró Jazmín y ambas se sonrieron― ¿Dónde vivís vos?, te acompaño.
―No, todo bien, me cojo un taxi.
―¿Seguro?, no me importa nada acompañarte «me muero por acompañarte».
―No, de verdad, todo bien, ya es tarde.
―No me cuesta nada, voy con vos en el taxi, así me quedo tranquila y luego me iré a casa de un amigo
—¿Amigo?, ¿querés decir tu novio?, noche con final feliz, perdón, lo siento.
―Todo bien, es que le prometí a Javo que iría hoy a recoger su regalo después de mi fiesta.
Regalo de un pito duro, lo siento, perdón, no quise molestarte…
Flor se esmeraba en disculparse, pero Jazmín no estaba molesta, sino al contrario. Le divertían las salidas de Flor, y también las atesoraba, pues eran sus pensamientos expuestos, y moría de amor ante la vulnerabilidad de Flor cuando exponía sus pensamientos más ocultos. Sintió la necesidad de sacarla de su error.
—No, Javo es mi mejor amigo, a mí no… —Quizá era un poco pronto para confesarle que le gustaban las mujeres. No quería arriesgarse a asustarla y que se alejase de ella— Yo no tengo novio.

―Es aquí, pare ―pidió Flor al taxista, y entonces se volvió hacia Jazmín en el asiento―, te doy mi celular por si tu padre organiza otra fiesta y necesitan camareras.
Jazmín se rio a carcajadas, echando la cabeza hacia atrás. No sólo amaba su impulsividad, también su sentido del humor. Flor sonreía sin perder detalle de los gestos de Jazmín, sus labios se curvaron aún más al ver cómo la pelirroja achinaba los ojos.
―No necesitás ninguna excusa para pedirme el celular, Flor ―aseguró Jazmín. Flor se quedó callada sin saber qué responder, se sentía descubierta. Sin embargo, Jazmín no permitió que se sintiera así mucho rato―, pero vos me ahorraste el tener que inventar una excusa mucho peor para pedírtelo yo.
Ahora era Flor la que se reía con ganas, mientras el taxista las contemplaba por el espejo retrovisor como si estuvieran locas.
―Señoritas, el taxímetro sigue corriendo ―informó en tono neutro.
―Qué boluda ―exclamó Flor―, me bajo ya que si no el viaje te saldrá muy caro.
Jazmín deseó la muerte del taxista, y ella no era de desear la muerte de nadie, pero es que, nadie hasta ahora, le había robado tiempo con Flor.
―¡Buenas noches, Jaz! ―Se inclinó sobre ella y le besó la mejilla―, gracias por todo.
―No, gracias a vos, Flor ―Le devolvió el beso.
―Nos vemos pronto ―dijo Flor ya desde fuera del vehículo.
―Eso espero ―confesó Jazmín.
Flor la miró con su parpadeo vivaracho y una sonrisa ilusionada, o eso le pareció a Jazmín.

Jazmín se pasó el trayecto en taxi mirando sin ver por la ventanilla. Los recuerdos de la noche con Flor monopolizaban todos sus sentidos. Jazmín sabía que Flor era una persona muy especial, lo sentía, y también sentía que sus caminos no se habían cruzado por casualidad. Anhelaba descubrir hasta qué punto podía llegar a ser importante y especial en su vida aquella chica que, sin conocerla de nada, la había defendido aun a riesgo de perjudicarse ella.

A Flor le costó dormirse, pues no podía dejar de pensar en Jazmín, la belleza pelirroja que se había enfrentado a su propio padre para defenderla. Le costaba conectar con la gente debido a su enfermedad, causaba rechazo más que otra cosa entre la gente que la acababa de conocer. Pero con Jazmín había sido tan distinto. En ningún momento la hizo sentirse menos o diferente. Quería volver a verla, quería conocerla más, quería seguir disfrutando de esa extraña sensación de bienestar en su pecho cuando la tenía cerca.

Y el deseo de Jazmín se cumplió. Pudo volver a ver a Flor feliz en su compañía muchas veces más, pues a las pocas semanas, entró a trabajar como asistente de cocina de Javo Valdés en el “Estrellas hotel”, el hotel que Florencia Estrella y sus cuatro hermanas debían gestionar durante un año para después recibir la herencia de su padre, Mario Estrella. Pero ésa es otra historia que muchos de vosotros, seguro que ya conocéis.

FIN


NOTA DE LA AUTORA 2:
Siento un pequeño vacío creciendo en mi interior ahora que la serie está a punto de acabarse. Sé que echaré mucho de menos a Flor y a Jazmín a partir del 19 de Enero, por eso es posible que acabe escribiendo un fic para sobrellevar su ausencia.
Sería un fic que continuaría la historia por donde termina la serie, más o menos ;) siempre que la musa me acompañe y me apoye, claro.
Hasta pronto, espero, Flozmín shippers.


 

6 ene. 2018

"Princesa, por amor" FIC CANCELADO




Sé con certeza que no continuaré con él, y lo siento mucho por las personas que todavía esperaban seguir leyendo esta historia.

La primera parte me trajo muchísimas alegrías, pero han pasado muchos años, y la musa de Harry Potter ya no está conmigo como antes. No quiero forzarme a escribir algo que no me sale de manera natural, porque sé que estropearía la historia y a los personajes, y eso no sería justo para nadie.

Sólo puedo deciros que Ron y Hermione son felices juntos, al igual que el resto de parejas, y que los Malfoy recibirían su castigo por intrigantes. Siento mucho no haber terminado de contar esta historia, pero siento que es mejor así que hacerlo por obligación. 

Muchas gracias por haberme leído y acompañado hasta ahora. Un abrazo fuerte.

Ysabel.


17 dic. 2017

"Nunca Te Olvidé" (Supercorp) Capítulo 1



NOTA DE LA AUTORA:
El mundo que voy a describir en mi fanfic está basado en la Tierra X que conocimos en el crossover de las series DC, y en lo que conozco de la Tierra X de los cómics. Y a esa mezcla, le he añadido cosas de mi imaginación, así que habrá de todo un poco. Pero aviso ya que es un fanfic de Supergirl, así que utilizo a sus personajes, no esperéis ver a las Leyendas, Flash o Arrow por aquí (exceptuando a Sara Lance y Leo Snart quizá en un futuro).



CAPÍTULO 1: ESPERANZA
Los Luthor ocuparon sus asientos en uno de los coches más grandes que poseían. James Olsen, su chófer, cerró la puerta tras subir Lena, la integrante más joven de la familia, y le dedicó una sonrisa educada antes de ocupar su puesto y arrancar el motor. Lena odiaba el plan social al que iban, pero ya se había escabullido las últimas dos veces, no podía haber una tercera, resultaría sospechoso, incluso peligroso. Sólo había una cosa peor que ser rechazado por el régimen, y era ser traidor al régimen, no había piedad alguna para los traidores.

Maxwell Lord, el científico más importante del ejército nazi, y su esposa, Verónica Sinclair, los habían invitado a una tarde de acción, como ellos las llamaban. La joven Luthor prefería llamarlas “tardes de matanza”, porque nunca se trataba de luchas justas. Aquel matrimonio era tan sádico como fiel al emperador alemán y contaba con su amistad. A pesar de todo, Lena sabía que era afortunada, pertenecía a la nueva aristocracia, formada por los diplomáticos y gobernantes y los altos cargos del ejército. Disfrutaban de bastante impunidad, más libertad y privilegios, a diferencia de la gente de a pie.

Lena miraba a través de la ventanilla, las calles de Berlín, las personas que caminaban por las aceras, los vehículos que pasaban a su lado… Todo parecía tan normal, tan tranquilo. Parecía reinar la paz, pero Lena sabía que no era una paz libre, sino forzada, de sometimiento, y cada persona optada por vivirla de una manera. Mucha gente se conformaba con vivir como el régimen permitía, cumpliendo cada una de sus leyes y mirando a otro lado ante el trato que recibían los diferentes. Otros hacían sus vidas dentro del sistema, aunque lo criticaban en la intimidad, pero no tenían el valor o la posibilidad de enfrentarse. De entre ellos, algunos incluso se arriesgaban a hacer cosas prohibidas, como amar a personas de otras razas o del mismo sexo, llegando a existir locales secretos donde reunirse. Y quedaban unos pocos que luchaban activamente contra el régimen, sin mucho éxito hasta entonces, los rebeldes, agrupados en equipos que se bautizaban de diferentes maneras. La joven Luthor paseaba sus hermosos ojos verdes de un peatón a otro, preguntándose qué tipo de vida llevaba cada uno. 
XXXXXX



Lena se alegraba de que James no tuviera permitido el acceso a la residencia de los Lord-Sinclair debido al color de su piel. Así se ahorraba presenciar aquellos horribles combates que a ella le revolvían el estómago. Verónica Sinclair, la anfitriona, se presentó como Roulette a los invitados, el sobrenombre que le gustaba utilizar cuando se convertía en la presentadora de los combates. Maxwell la miraba con devoción, sin duda, eran el uno para el otro.
―Esta tarde, mis queridos amigos, disfrutaremos de la presencia y las habilidades bélicas de Mon-El, uno de los soldados más grandes del imperio ―anunció con entusiasmo―, va a darles una lección a un grupo de indeseables.
La joven Luthor la corrigió en su cabeza. Mon-El no era ningún héroe de guerra, sino una máquina de matar, y aquellos a los que llamaba indeseables, un atemorizado grupo de hombres negros, asiáticos y homosexuales que no tenían ninguna oportunidad de vencer a su contrincante. Pero tampoco tenían oportunidad de escapar o negarse a combatir, porque eso significaba la muerte. Después de que Mon-El matase a uno y dejase en coma a otro de los hombres, el resto se lanzó a por él a la vez. No servía de nada. Lena, asqueada con aquel espectáculo, dejó ir a su mente muy lejos de allí, hasta un lugar donde disfrutaba de tardes realmente agradables y divertidas con sus amigas Sam y Kara.
XXXXXX



AÑOS ANTES…
Como muchas tardes, Lena se había reunido con sus mejores amigas en el bonito jardín de la casa de los Danvers. Se conocían desde hacía años, y aunque Sam y Kara tenían dos más que Lena, habían conectado de una manera muy especial. A los Luthor les disgustaba esta amistad, porque consideraban a las dos niñas de clase inferior, puesto que sus familias eran mucho más humildes que la suya, pero permitieron la relación porque sólo eran niñas, fue una concesión, seguros de que en el futuro, cuando Lena creciese, harían lo posible para que su hija sólo se relacionase con gente de su nivel.

Las tres se volvieron casi inseparables, y disfrutaban de compartir muchas horas juntas. A veces charlando animadamente, contándose las novedades de sus colegios, comentando películas, bailando… otras, cada una en su mundo, pero juntas, siempre juntas. Lena Luthor demostró un temprano interés por la tecnología, y solía inventar pequeños artilugios. Samantha Arias leía libros antiguos, le fascinaba la historia y siempre tenía en mente investigar sobre su familia biológica, pues sabía que era adoptada. Kara Danvers, que también era adoptada, pintaba y escribía historias, le apasionaba escribir. Lo cierto era que las tres destacaban académicamente, especialmente Lena. Por su parte, Sam y Kara también lo hacían en los deportes, ambas poseían cuerpos atléticos, como si hubieran nacido para convertirse en deportistas de élite. Aunque no lo confesaba, Lena sentía un poco de envidia, pero pronto comprendería la condena que suponía en aquel mundo destacar en todos los aspectos.

Cada año, el gobierno organizaba pruebas y exámenes físicos y psicológicoss para los adolescentes alemanes y de otros países conquistados que tenían dieciséis años o más, y no pertenecían a la aristocracia. Cuando daban con gente óptima, les obligaban amablemente a unirse al ejército nazi, para servir a la madre patria y al orden del imperio. Lo disfrazaban de un gran honor, pero la triste realidad era que nadie podía negarse, salvo que quisiera acabar muerto.
—Van a volver a realizar los malditos exámenes de aptitud —anunció Kara molesta ajustándose las gafas.
—No me apetece nada hacerlos… pero quizá el cielo me escuche y obtenga malos resultados —añadió Sam— Tienes suerte de ser una Luthor, Lena, no van a reclutarte.
—¡Me da igual, si os reclutan a vosotras, me ofreceré voluntaria! —chilló Lena en un arrebato. Sus amigas se rieron.
—Claro que sí, Lena —dijo Kara con una gran sonrisa mientras apoyaba la mano sobre su cabeza como si Lena fuera más pequeña de lo que realmente era.
«Tengo casi catorce años, ¿es que nadie se da cuenta?», pensó la joven Luthor.
Kara y Sam tenían ya dieciséis años, además, las dos le sacaban unos cuantos centímetros en estatura. Lena bufó con resignación ante la divertida mirada de sus amigas.
―¡Chicas, ¿os apetece algo de merienda?! ―exclamó Alex Danvers, la hermana mayor de Kara, desde la puerta de la casa.
―¡A mí sí, me muero de hambre! ―contestó su hermana de inmediato.
―Yo también quiero comer algo ―dijo Sam uniéndose a Kara.
―¿Por qué coméis tanto? ―preguntó Lena frunciendo el ceño―, seguro que por eso sois tan altas.
Las tres se echaron a reír y se apresuraron a entrar en la cocina para devorar lo que Eliza Danvers les había preparado.

Tres meses después, se confirmaron los peores temores de Sam. Tanto ella como Kara habían obtenido unos excelentes resultados en todas las áreas y las malditas cartas de reclutamiento llegaron a sus casas. Pero había más, sus excepcionales resultados las convertían en candidatas idóneas para el programa especial.

La madre adoptiva de Sam no dudó en entregarla al ejército, le ofrecían una elevada suma de dinero como agradecimiento por su aportación al imperio. Sam sintió como si la estuviera vendiendo y dejó de sentir el escaso cariño que sentía por su fría madre adoptiva. Sin embargo, la reacción de los Danvers fue muy diferente. Conocían historias de otros muchachos que habían sido reclutados para aquel programa especial y habían desaparecido. Era como si se los hubiese tragado la tierra, sus familias nunca volvieron a saber de ellos. Se negaron a entregar a Kara, y recibieron amenazas de muerte avaladas por la ley que regía el imperio nazi. Nadie tenía derecho a negarse a hacer lo que era mejor para el régimen, para su gente, para la madre patria. El día que los soldados se presentaron en su casa para recoger a Kara, Jeremiah Danvers trató de oponerse a ellos.
―¡No vais a llevaros a mi hija! ―bramó el hombre con rabia.
―Admiro el amor que le tiene a su familia, doctor Danvers, pero le aconsejo que piense en qué es lo mejor para ellas, no querrá convertirlas en viuda y huérfanas ¿verdad?

El soldado no se molestó en disimular su amenaza. Pero Jeremiah forcejeó con ellos cuando uno agarró del brazo a Kara, y acabó recibiendo un fuerte golpe de la culata de un fusil. Eliza y Alex se agacharon a ayudarlo y Kara lo miró con agradecimiento y profundo amor en sus ojos azules. No podía permitir que su familia sufriera ningún daño por su causa, así era ella.
―Por favor, papá… me habéis cuidado durante toda mi vida como si fuera vuestra hija de sangre, no me debéis nada, no podría haber sido más feliz… ―Sus padres y su hermana la miraban con lágrimas en los ojos― Todo va a salir bien.
―No os la podéis llevar… ―musitó Alex con voz temblorosa― Es mi hermanita…
Kara tiró del soldado y pudo llegar hasta Alex y abrazarla con fuerza.
―Cuida de nuestros padres por las dos ―susurró en su oído para que sólo ella lo escuchase―, y dile a Lena que… que se cuide mucho y que nunca la voy a olvidar.
Se volvieron a abrazar, después, Kara se agachó junto a sus padres y los abrazó también.
―No cambies, Kara, por favor, no te conviertas en uno de ellos ―rogó su padre sin dejar de llorar.

Aquel día, Lena tuvo un mal presentimiento y acabó llamando a casa de los Danvers. Le contestó Eliza sollozando. La joven Luthor no necesitó más que unos segundos para comprender lo que había pasado. Se las habían llevado y ni siquiera había podido despedirse de ellas. Se las habían arrebatado. Le habían quitado a sus mejores amigas, las personas que más color y calidez aportaban a su vida… y a su primer amor, aunque no estaba segura de que ella lo supiera. Lena se sintió huérfana a pesar de tener padres, se sintió perdida, a pesar de tener el futuro bien trazado, se sintió vacía, a pesar de disfrutar de pertenecer a una de las familias más influyentes del imperio. Su mundo se volvió gris y frío. El único consuelo que le quedó fue pensar que se las habían llevado a las dos, al menos se tendrían la una a la otra.
XXXXXX



Lena siguió creciendo con aquella dolorosa ausencia, sintiendo siempre como si le faltase una parte de sí misma. Se volvió más seria y retraída, y la cosa empeoró cuando comprendió que ella no era como debía ser, sino como algunas de las personas que el régimen condenaba de manera implacable. Le atraían las mujeres, no los hombres, pero había sabido mantenerlo en secreto para estar a salvo incluso de su familia, clasistas, racistas y homófobos confesos.

Aunque en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la homosexualidad femenina había sido bastante pasada por alto, debido a que las mujeres eran consideradas inferiores y nunca fueron vistas como una amenaza, en las últimas décadas eso había cambiado. Ahora, la ley condenaba por igual a ambos sexos, y la homosexualidad se consideraba un crimen atroz para el régimen, que necesitaba hombres y mujeres que procreasen soldados y mantuvieran el orden de la familia nazi. Una familia de férrea jerarquía en la que el hombre estaba por encima, la mujer por debajo y los hijos siempre a disposición del régimen, para que los utilizase de la forma que más conviniese al imperio.

La joven Luthor era consciente de lo injusto y miserable que era el mundo en el que había nacido, y se sorprendía porque nadie a su alrededor parecía darse cuenta. Sin embargo, el destino quiso que conociese a un grupo de valientes que se hacían llamar los “guerreros de la libertad” y con ellos descubrió el propósito de su vida, luchar contra el régimen nazi desde la posición privilegiada de pertenecer a su aristocracia. Se había convertido en espía.

El estruendo de los aplausos a su alrededor sacó a Lena de sus pensamientos. El vergonzoso espectáculo había terminado. Los Luthor se despidieron del matrimonio Lord-Sinclair por un rato, puesto que volverían a verse en la cena de gala que se celebraba en el palacio del emperador aquella misma noche.
―¿No te han gustado los combates de hoy? ―preguntó Lex a su hermana.
―¿Qué combates? ―replicó Lena―, yo no he visto ningún combate, sólo a un… tipo dando una paliza a otros tipos. ―Lena se mordió la lengua para no hablar de más. Ya era bastante incómodo que su gente supiera que no le gustaban esas cosas, como para que encima pensasen que además las veía injustas y crueles.
―No entiendo cómo no puede gustarte ver a un glorioso soldado nazi machacando a nuestros enemigos ―exclamó con la mirada encendida.
«¿Nuestros enemigos?, ¿esos pobres hombres indefensos y sin culpa de nada?», se dijo a sí misma Lena.
―Al menos te habrás fijado en lo guapo que es Mon-El, ¿no? ―dijo de pronto su madre, Lillian Luthor―, Verónica no exageraba ni un poco cuando habló de él.
―Querida, estoy aquí ―anunció su marido, Lionel Luthor.
―Sabes que sólo bromeo, querido ―aseguró Lillian―, pero me gusta que Lena tenga la oportunidad de conocer hombres guapos e interesantes.
«¿Interesante un mercenario sin alma?, no, gracias», pensó Lena.
La joven Luthor desvió la mirada y se encontró con los oscuros ojos de James en el retrovisor del vehículo. Sólo unos segundos, pero le bastaron para saber que su chófer veía su disgusto y además lo compartía. Suspiró y dejó la mirada perdida a través del vidrio de la ventanilla, volviendo a sumirse en sus recuerdos y pensamientos.

Ayudada por los “guerreros de la libertad”, Lena logró rescatar a Sam de las garras de los científicos y militares nazis seis años atrás, pero no logró hacer lo mismo por Kara, que había sido trasladada a otros laboratorios. Lena maldijo su suerte y siguió buscándola durante años, hasta que empezó a darse por vencida. Había pasado mucho tiempo, Kara podía estar incluso muerta, eso creían algunos. La joven Luthor nunca aceptó esa posibilidad, pero sí se resignó a no volver a verla nunca más, aunque no a olvidarla, eso era imposible.

Cuando llevaron a Sam al DEO, nombre que puso a su refugio el grupo de rebeldes, ya no era la chica que Lena recordaba. Las duras experiencias vividas durante años la habían marcado. Necesitó meses para comportarse con cierta normalidad. Tampoco su cuerpo era como antes. Tras los experimentos sufridos, había adquirido poderes increíbles, convirtiéndose en Reign, como la habían bautizado en los laboratorios. Estaba destinada a ser una de los mejores soldados del régimen, pero había cambiado de bando gracias al empeño de Lena en buscarla y rescatarla.

Desgraciadamente, de todos los adolescentes víctimas de aquellos experimentos, al menos dos habían alcanzado el nivel de Reign, se trataba de Mon-El y Overgirl, convertidos ya en iconos del ejército nazi.  Sin embargo, eso no disuadió a los rebeldes de lanzar una gran ofensiva, con Reign a la cabeza, contra el imperio. Lo habían planeado durante años, estaban más preparados y mejor organizados que nunca. Por primera vez en la historia, tenían verdadera esperanza de triunfar.

Atacaron en pleno Berlín, tratando de acercarse lo más posible al palacio del emperador, pensando que si lo mataban a él, todo el régimen se tambalearía. Pero tras unas horas de contienda, Morgan Edge, capitán de las SS y mano derecha del emperador, los sorprendió accionando algún tipo de mecanismo o implante en el cuerpo de Sam que le arrebató, en apenas instantes, todos sus poderes. Mon-El y algunos soldados se bastaron para barrer la rebelión en pocos minutos. Los “guerreros de la libertad” tuvieron que retirarse, con un fracaso más a sus espaldas, quizá el más doloroso, porque nunca habían estado tan cerca del éxito. Lena agradeció que pudieran llevarse con ellos a Sam. Pero su amiga no se alegraba de seguir viva, la rabia consumía toda su energía, no se perdonaba el haber sido tan fácilmente neutralizada por sus enemigos, lo que había supuesto la muerte de algunos compañeros y la derrota del todo el grupo. Habían pecado de ingenuos. Los nazis no estaban dispuestos a permitir que sus mejores armas se volvieran contra ellos, lo habían dejado muy claro con Reign.

Habían pasado ya cinco meses desde aquello, pero el grupo de rebeldes seguía desmoralizado. No veían opciones si ya ni siquiera contaban con el poder de Reign. Lena tampoco tenía mejor ánimo. Aquellos malditos llamados nazis, no sólo eran diabólicos, sino también inteligentes… y muy poderosos. La joven Luthor contemplaba desde el vehículo ya detenido una estatua colosal de Overman, el máximo símbolo del poder y la victoria nazi siete décadas atrás, que presidía los inmensos jardines de palacio. Gracias a la tecnología de su planeta natal, Krypton y al inmenso poder que aquel hombre poseía en nuestro planeta, el ejército nazi se impuso fácilmente a sus enemigos durante la Segunda Guerra Mundial, y el destino de toda la humanidad quedó sentenciado. Aunque Overman murió en acto de servicio, protegiendo al hijo de Hitler, seguía siendo recordado, venerado… y temido, pues gracias a su ADN, los científicos nazis habían podido crear súper soldados. Con Sam neutralizada, no podían hacer nada contra la tecnología kryptoniana y dos monstruos como Overgirl y Mon-El.
XXXXXX



Los Luthor entraron en el gran salón donde el emperador recibía a sus invitados más ilustres. Allí estaba él, Hans Hitler, nieto de Adolf Hitler, que abandonó su título de Führer cuando ganó la guerra y se autoproclamó emperador del imperio alemán y dueño del mundo conocido. Hans era un hombre de unos cuarenta años, algo más alto que su abuelo pero con el mismo bigote, que también había llevado su padre, parecía como un distintivo de los varones de su familia. Hablaba animadamente con el matrimonio Lord-Sinclair y con otros invitados.

Lena apartó la mirada de ellos y se encontró con uno de los hombres que más detestaba en el mundo, Morgan Edge, que le sonreía abiertamente, sin molestarse en disimular la atracción que siempre había sentido por ella. Si él no hubiera accionado lo que fuera que Sam llevaba dentro, Reign no habría perdido sus poderes y su rebelión habría triunfado. La forma en que la seguía mirando la empezó a incomodar y caminó unos pasos en dirección opuesta, pero mirase donde mirase, sólo veía personas sin corazón, sin moral… y sintió angustia. Necesitaba salir de allí.

Se excusó con su madre y abandonó el salón para buscar un baño. Caminaba deprisa y no se percató del obstáculo hasta que tropezó con alguien. Alzó la cabeza y pudo verla. La máscara y el uniforme eran inconfundibles, se trataba de la mismísima Overgirl.
―Tenga cuidado, señorita ―sonó una voz distorsionada por la máscara―, podría hacerse daño si no se fija por dónde va.
«¿Me hablarías igual si no fuera blanca o supieras que me gustan las mujeres?, maldito mundo», se dijo Lena.
La joven Luthor retomó su paso rápido y se alejó de ella sin decir una sola palabra. ¿No bastaba con tener que soportar a todos aquellos degenerados que también asistiría su mercenaria?

Unos minutos después, Lena había regresado junto a su familia y todos se habían acercado a Hans, que parecía especialmente contento aquella noche.
―Hoy nos acompañan dos personalidades de nuestro glorioso ejército ―anunció el emperador―, Mon-El, al que ya conocéis de otras ocasiones ―El joven inclinó la cabeza como saludo―, y una señorita recién llegada de sus misiones en las frías tierras rusas, demos la bienvenida a Overgirl, nuestro mejor soldado.
Todos los presentes empezaron a aplaudir con emoción. Lena se forzó a imitarlos, aunque no logró curvar sus labios en una sonrisa. Si alguien le preguntaba, diría que se encontraba mal, no era tan alejado de la realidad estando entre aquellas personas.

Y entonces, la mujer pulsó un botón en su máscara y ésta se desvaneció, mostrando su rostro a los presentes. Cuando Lena la miró, casi se le paró el corazón. Su mirada celeste, fría como el mismo hielo, apenas le dedicó unos instantes, pero fueron más que suficientes para hacerla estremecer.
—Kara… —musitó Lena en estado de shock.
—Por favor, comandante Danvers, tome asiento en la mesa… será un honor que nos cuente cómo le ha ido estos últimos años en Rusia.
«Overgirl es Kara… oh Dios…», se repetía una y otra vez en su mente.
De repente, después de meses de abatimiento, Lena recuperó la esperanza.

CONTINUARÁ…

26 nov. 2017

"Tierra - 40" (Supercorp) epílogo


EPÍLOGO
Las coordenadas que había introducido Lena eran correctas y ambas aparecieron en la sala principal del DEO. Todos las recibieron con alegría y alivio, especialmente Alex, que rogó a Kara no volver a ausentarse tanto tiempo a menos que la dejara acompañarla. Maggie, por su parte, bromeó con la desesperación de Alex durante la ausencia de su hermana, a lo que la agente respondió dándole un golpecito en el brazo, azorada, mientras todos reían. Winn hizo muchas preguntas sobre cómo era todo en Tierra 40 y cómo era su doble allí. J’onn apenas habló, pero no dejó de sonreír al volver a ver juntas a las hermanas Danvers, a quienes él consideraba casi como hijas adoptivas.

La Navidad había llegado, y Lena le contó a Kara que L Corp iba a celebrar una fiesta. Nada fuera de lo habitual si no fuera por la intención de la joven Luthor.
—Quiero aprovechar la fiesta navideña para presentarte oficialmente como mi novia, Kara —declaró de pronto con la copa de vino todavía en la mano. La kryptoniana la miró con los ojos como platos—. Necesito decirle al mundo que estoy enamorada de ti… no quiero pasar un día más ocultando esto tan hermoso que tenemos, ¿puedes entenderlo?
Lena sabía que Kara llevaba años ocultando su identidad como Supergirl, y que estaba acostumbrada al anonimato que disfrutaba como Kara Danvers, temía que no pudiera renunciar a ello.
—Lena… —empezó Kara, pero su novia la interrumpió.
—Ya sé lo que me vas a decir, Kara, que ahora pasas desapercibida y vives muy tranquila, y todo eso se terminará en cuanto te conviertas en la novia de Lena Luthor, pero es que yo… —replicó rápidamente.

—Lena, espera, no… —La joven Luthor ignoró a Kara y siguió hablando.
—Es que no puedo conformarme con vernos a escondidas, como si esto estuviera mal, y lamentablemente soy una figura pública, sé que te estoy pidiendo mucho... —añadió con preocupación, apartando la mirada.
Kara llevó su mano a la mejilla de Lena, que la miró y se encontró con su preciosa sonrisa.
—Entiendo tu necesidad, Lena… y que quieras presentarme como tu novia, con ese orgullo y esa felicidad en tu mirada… es el mejor regalo de Navidad que me han hecho nunca… —susurró Kara conmovida. Lena sonrió con sus ojos verdes brillantes de emoción.
—Dios, Kara, te quiero tanto —musitó la joven Luthor antes de abalanzarse sobre la kryptoniana y besar sus labios con pasión.
—Por Rao, Lena que yo te quiero más —contestó Kara contra su boca.

Después de dedicarse unos minutos de caricias y besos, lograron serenarse un poco y retomar la conversación, pues quedaba un tema importante que tratar. 
—Si nos mostramos como pareja en tu fiesta, no podrás salir con Supergirl, y nada de lo que ha sucedido en Tierra 40 con Supercorp podrá pasar en nuestro mundo.
—¿Y qué quieres que pase, Kara? —preguntó Lena— ¿Quieres que anuncie al mundo que salgo con Supergirl o con Kara Danvers? —insistió Lena— Salir a cenar una noche a cualquier restaurante, a jugar a los bolos, a bailar a un pub, ir de compras o pasear por un parque… yo no quiero renunciar a todas esas cosas que podría hacer con Kara Danvers pero no con Supergirl, ¿y tú?
—Es cierto, con Supergirl sería muy complicado —aceptó la kryptoniana.
—Pero es tu decisión, Kara, y la respetaré —aseguró Lena—, a fin de cuentas, sé que la pareja Supercorp aportaría mucho bueno a este mundo, igual que aporta en Tierra 40, pero supongo que soy egoísta, y prefiero no renunciar a esas pequeñas cosas contigo, Kara Danvers.
—Gracias por tu sinceridad, Lena.
—Celebraré la fiesta este sábado, así que te quedan tres días para tomar la decisión —explicó la joven Luthor—, esperaré ansiosa tu elección —dijo, y la besó de nuevo.
XXXXXX



Al día siguiente, Kara hizo una visita a su hermana en su apartamento. Alex la recibió junto a Maggie y Kara les contó lo que había hablado con su novia.
—¿Y qué has decidido? —preguntó Maggie.
—Todavía nada —confesó Kara con un gesto que hizo reír a la detective.
—Veo que te está costando. —Kara asintió.
—Es una elección complicada —dijo Alex—, pero me gustaría que no perdieras de vista una cosa.
—¿El qué? —dijo la kryptoniana intrigada.
—Que se trata de tu vida, Kara, de tu mundo, ya no estás sustituyendo a Kara 40 en Tierra 40 —señaló Alex—, que no te afecte eso, no creo que todo tenga que ser igual en todas las tierras paralelas.
—Excepto lo nuestro, Danvers —inquirió Maggie de pronto. Su novia sonrió.
—Es verdad, lo nuestro ha de ser igual en todas ellas —replicó con una amplia sonrisa y se inclinó sobre la detective para besarla. Kara carraspeó para sacarlas de su ensimismamiento.
—Perdona, es que…
—No pasa nada, si estuviera Lena aquí me pasaría lo mismo, pero veros besándoos no me ayuda a tomar una decisión —se quejó haciendo aspavientos con los brazos. Las tres se echaron a reír.
XXXXXX




Tal como habían quedado, Lena fue a recoger a Kara a su apartamento. Su chófer se quedó sentado al volante mientras Lena dejó el vehículo y se metió en el edificio. Tocó a la puerta y Kara, que llevaba un bonito vestido color marfil, le abrió muy sonriente.
—¡Hola Lena! —exclamó acercándose a ella para besar sus labios. La joven Luthor parpadeó varias veces.
—Estás preciosa, Kara.
—Gracias, Lena, tú estás espectacular —replicó Kara cogiéndole la mano.
—Pero… ese vestido… y las gafas… ¿quiere decir que…? —pronunció débilmente.
—Quiero salir contigo como Kara Danvers, yo tampoco quiero renunciar a esas pequeñas cosas —confesó la kryptoniana.
—¿De verdad? —preguntó Lena emocionada.
—De verdad —repitió Kara mientras la abrazaba por la cintura y la pegaba a su cuerpo. Unieron sus frentes y cerraron los ojos para disfrutar de aquel instante. Muchas cosas cambiarían a partir de aquella noche, pero sabían que todo iría bien porque estaban juntas.

—¿Sabes que me fijé en ti el día que te conocí en mi despacho?, me pareciste guapa pero sobre todo, adorable —Kara sonrió con los ojos cerrados, y sus mejillas se sonrojaron un poco—, cuando te dije que esperaba que no fuese la última vez que hablásemos, no fue por cortesía, quería volver a verte —confesó la joven Luthor.
—Tú sí que sabes hacer que una chica se sienta especial —dijo Kara entre risitas nerviosas.
—¿Y me lo dice la mujer que dejó en mi ventana una plumeria y una nota para darme los buenos días, la que me llevó al DEO y me presentó a sus amigos a pesar de lo que pudieran pensar por ser quien soy, la que ha movido cielo y tierra para que la prensa publicase mi participación contra el virus Medusa…? —pronunció Lena clavándole sus ojos verdes.
—No me mires así, Lena… —pidió Kara en un susurro.
—¿Por qué? —preguntó de manera casual.
—Porque te llevaré volando a tu dormitorio y accionaré la radiación roja antes de que puedas parpadear otra vez.
Lena gimió encantada al escuchar sus palabras, pero se esforzó en contener sus ganas, porque aquella noche tenía algo importante que hacer, además de hacer el amor con su novia.
—Tienes razón, bajemos ya, antes de que decida cancelar la fiesta y me gane la enemistad de la clase alta de National City —bromeó haciendo reír a Kara.
—Eso sería horrible —Kara siguió con la broma mientras su mano recorría la espalda de Lena con lentitud tortuosa.
—Una catástrofe… —Lena rodeó el cuello de su novia y acercó su boca a la suya.
El sonido del móvil de la joven Luthor las sobresaltó. Era Jess, informándola de que los invitados ya estaban llegando.
—Esto es sólo un paréntesis —aseguró Lena—. Queda mucha noche por delante.
—Por supuesto —manifestó Kara sin dejar de sonreír.

Llegaron juntas a la fiesta, pero Kara la dejó ir enseguida para que Lena pudiera actuar como buena anfitriona, saludando a los invitados y charlando con algunos de ellos. Después de un rato, Lena volvió a su lado. Kara la esperaba junto a una mesa de canapés, con uno de ellos en la mano y otro en la boca.
—Nunca dejaré de envidiar tu maldito metabolismo kryptoniano —susurró Lena para que nadie más pudiera escucharla.
—Lo siento —dijo Kara con la boca medio llena, haciéndola reír.
—¿Bailamos? —sugirió Lena—, cuando hayas terminado de comerte esos canapés, quiero decir.
Kara se apresuró a tragar la comida y ambas se dirigieron al centro de la zona de baile, abrazándose y dejándose llevar por la música que inundaba el ambiente. Algunas personas a su alrededor las miraron con sorpresa y curiosidad, pues su forma de abrazarse y tocarse no parecía sólo amistosa. Pero a ellas les importó poco, y siguieron disfrutando de la canción en su propio mundo.

Cuando la música cambió, se separaron y Lena le indicó sin palabras que había llegado el momento. Kara asintió suavemente con una sonrisa y la liberó de sus brazos. Su novia besó su mejilla y subió al pequeño escenario que había allí.
—Un momento de atención, por favor —rogó Lena—, me gustaría compartir algo con todos vosotros.
La gente murmuró por lo bajo unos instantes, hasta que se hizo el silencio y Lena retomó su discurso.
—Mi deseo para vosotros en estas fiestas es amor… amor de ése puro y arrollador que te hace sentir capaz de cualquier cosa cuando estás con la persona que te lo provoca… amor como el que siento por ella —Lena señaló a Kara con la mano y la gente la miró, asombrada por las hermosas declaraciones de la joven Luthor—. Quiero aprovechar esta noche para presentar oficialmente a mi novia, Kara Danvers.
Las preguntas del público se sucedían. “¿Lena Luthor tiene novia?, ¿quién es Kara Danvers?, ¿no es reportera de CatCo?”. La kryptoniana subió junto a Lena y le tomó la mano sin dejar de sonreír.
—No he preparado nada para decir —susurró con disimulo.
—Tranquila, no hace falta —aseguró Lena—, ya está todo más que dicho. —Le apretó un poco la mano para transmitirle su cariño.
—Pero tú has dicho cosas tan bonitas que…
De pronto, Kara se acercó al micrófono ante la sorpresa de su novia.
—Buenas noches a todos…  soy Kara Danvers —La gente dejó de hablar y le prestó atención—, aunque eso ya lo sabéis gracias a Lena —Se oyeron algunas risas. Kara bajó la mirada un momento, se tocó las gafas y se aclaró la garganta para seguir hablando—. Quiero unirme al deseo de mi novia para todos vosotros. Porque no hay nada más grande que el amor, ni felicidad mayor que sentirse amada por quien amas.
Kara se volvió hacia Lena, que la miraba emocionada y llena de orgullo.
—Disfrutad de la fiesta… muchas gracias. 


El público empezó a aplaudir y Lena la abrazó de la cintura y besó sus labios suavemente entre los vitores de los asistentes.
—Mañana tendré a toda la prensa de National City apostada en las puertas de mi casa y de L Corp —farfulló Lena— y es más que probable que también estén en CatCo y en tu casa, vamos a ser la comidilla de la ciudad, espero que no te asuste.
—Contigo a mi lado, nada me asusta —contestó Kara, y la besó en la frente. La joven Luthor cerró los ojos y sonrió. Juntas eran capaces de todo, incluso de lidiar con los periodistas de la prensa rosa, faltaría más.
XXXXXX



El lunes por la mañana, con el romance entre Lena Luthor y Kara Danvers en boca de todos, la joven recibió una visita en su despacho de L Corp.
—¡Señorita Grant, qué agradable sorpresa! —saludó Lena efusivamente brindándole la mano—, siéntese, por favor.
—Gracias —contestó Cat sin demasiado entusiasmo.
—Usted dirá.
—Bueno, supongo que no le sorprenderá que venga a hablarle de la noticia de la semana… su noviazgo con Kara Danvers —Lena sonrió de medio lado—, me gustaría que me concediera una entrevista exclusiva al respecto para CatCo magazine.
—Ya veo… —Lena apartó la mirada un instante, y después volvió a fijar su atención en la mujer que tenía delante—, lo siento, señorita Grant, pero no voy a concederle esa entrevista, quiero darle a nuestra relación la mayor privacidad posible, espero que lo entienda.
—Buena respuesta, señorita Luthor —señaló Cat—, se nota que conoce a Kara, y espero que además de conocerla, también la quiera.
—¿Perdón? —exclamó Lena ligeramente ofendida.
—Kara Danvers trabajó como mi asistente personal durante varios años, después la ascendí a reportera y siento por ella un gran afecto —declaró la reina de los medios—, es una chica estupenda y de una gran fortaleza, pero también es muy noble y a veces demasiado confiada, no me gustaría que nada ni nadie le hiciera daño.
«Puede que también sea Supergirl, pero su poder kryptoniano no la exime de que puedan romperle el corazón», pensó Cat.

—Me alegra que Kara tenga amigos que se preocupen así por ella —aseguró Lena—, pero yo jamás le haría daño.
—Voy a serle franca, señorita Luthor, su apellido siempre me ha inquietado, supongo que todo lo que hicieron su hermano y su madre hace que me cuesta confiar en usted, a pesar de las cosas buenas que ha hecho por National City en los últimos tiempos.
—Le agradezco su sinceridad, señorita Grant, y aunque lo veo injusto, entiendo su desconfianza —dijo con tristeza y se levantó de la silla para acercarse al ventanal, dándole la espalda a su visita—, siempre me he sentido sola, siempre… no sé lo que es el apoyo de una madre ni tener amigos de verdad… hasta que conocí a Kara Danvers. Se acercó a mí con tal naturalidad e inocencia, sin prejuicios por mi apellido… me dio la oportunidad de mostrarme como soy, sin miedo a ser juzgada y condenada por crímenes que no cometí.

Cat no perdía detalle de las palabras de la joven Luthor. Inesperadamente, se sintió identificada, sabía bien lo que era no ser suficiente para su madre, no contar con su respaldo. Lena se volvió para mirarla a los ojos.
—Lo que siento por Kara no es ningún capricho pasajero… estoy enamorada de ella.
Su mirada cargada de determinación y honestidad la terminó de convencer.
—Creo que la he juzgado mal, señorita Luthor —admitió Cat—,  le pido disculpas.
—No se preocupe —dijo Lena ligeramente emocionada—, me pasa a menudo —bromeó. Cat sintió admiración por ella.
—Le deseo la mayor felicidad junto a Kara, forman una pareja preciosa —declaró Cat tendiéndole la mano—, y si alguna vez necesita algo de mí, no dude en pedírmelo.
—Muchas gracias, señorita Grant.
—Cat, llámeme Cat.
—Cat… —repitió la joven Luthor encantada—, entonces llámeme Lena, por favor.
—Muy bien, Lena.
Ambas mujeres se sonrieron mientras estrechaban las manos. ¿Podría Cat Grant llegar a convertirse en un referente materno para Lena como había sucedido en Tierra 40?
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AÑO Y MEDIO DESPUÉS…
Kara y Lena estaban disfrutando de un fin de semana de verano en una de la propiedades de la joven Luthor, una casa rodeada de naturaleza apenas modificada por la acción del hombre. La kryptoniana sugirió que cenasen en un claro del bosque, aprovechando el buen tiempo que tenían, porque era la mejor manera de gozar de la luna llena de aquella noche.
—¿Cómo has conseguido las gyozas y la pizza? —preguntó Kara—, si no hay nadie en varios kilómetros a la redonda.
—Trucos Luthor —replicó haciéndose la interesante.
—Podías haberme pedido que fuera a por la cena, sabes que, literalmente, no me cuesta nada.
—Es que me gusta sorprenderte —confesó Lena con una sonrisa pícara.
Kara sonrió feliz y la besó para después seguir devorando su cena ante la atónita mirada de su novia. Nunca dejaría de sorprenderla la cantidad de comida que ingería. Después de cenar, permanecieron un rato sentadas y abrazadas sobre la manta del suelo, observando la belleza del cielo estrellado. Kara le contó cosas de Krypton, de sus lunas, de los mundos que había conocido… mientras Lena la escuchaba con toda su atención, ilusionada por todo lo que aprendía a su lado. Pero de pronto, Kara dejó de hablar, la soltó y se levantó del suelo. Su novia la miró extrañada.

—Lena…—dijo la kryptoniana cogiendo sus manos y tirando suavemente de ella para que se levantara también.
—¿Qué pasa, Kara? —preguntó Lena un poco inquieta y ya de pie— Te has puesto muy seria.
Y en ese momento, Kara hincó la rodilla en el suelo sin soltar una de sus manos.
—Sólo me falta una cosa para ser la mujer más feliz de este planeta y del universo entero.
—Kara… —musitó Lena emocionada.
—Que te conviertas en mi esposa, Lena —La kryptoniana se sacó del bolsillo una pequeña cajita y la abrió, mostrando el colgante de su madre, Alura Zor-El, su objeto más preciado—, ¿quieres casarte conmigo?
Lena estaba profundamente conmovida y le costaba pronunciar palabra alguna. Necesitó unos instantes para recuperar el aliento.
—Sí, sí quiero… —logró pronunciar entre lágrimas.
—Lena… —pronunció la kryptoniana casi sin voz.
—¿No… no lo he dicho bien? —contestó Lena secándose los ojos.
—Sí… lo has dicho bien… en un perfecto kryptonés.
Ahora era el turno de Kara para emocionarse, tenía los ojos azules húmedos y los labios temblorosos.
—Tenía miedo de no pronunciarlo correctamente —admitió Lena ruborizada.
—¿Cuándo has aprendido a hablarlo? —preguntó Kara llena de curiosidad.
—Hace unos meses, Winn me ayudó un poco.
—Ya veo…

—Anda, levántate —instó Lena a una Kara que la miraba entre sorprendida y embelesada, todavía arrodillada—, que me da vergüenza tenerte así —añadió en un tono tierno que hizo que Kara se derritiera.
Se levantó en un impulso y atrapó los labios de Lena en un apasionado beso.
—¿Quieres que te lo ponga? —sugirió mientras posaba una mano en la mejilla de su novia.
—Por favor…  —Kara sacó la pequeña joya de la cajita y se puso detrás de Lena para colocársela en el cuello— Pero, es el colgante de tu madre, siempre lo llevas, ¿estás segura de que quieres…?
—¿Que ahora lo lleve la mujer a la que amo?, por supuesto —sentenció Kara sin darle ocasión para seguir hablando.

Lena cerró los ojos y suspiró. Sentía que el pecho le iba a explotar de tanto amor y tanta felicidad como estaba sintiendo. Kara abrazó a Lena y la besó en el cuello. La respiración de la joven Luthor empezó a alterarse. La kryptoniana siguió besándola. Sus manos recorrieron su cintura, sus caderas y ascendieron a sus pechos. Los gemidos de Lena no se hicieron esperar, las dos estaban encendiéndose.
—Vamos a la casa, a la habitación acondicionada —susurró Kara en su oído.
La joven Luthor se revolvió en sus brazos para poder mirarla y besar su boca, robándole un jadeo.
—Lena… para… que no me voy a poder contener, por favor…
—Pues no lo hagas… —musitó Lena juguetona entre besos y lametones en su cuello.
Cogió la mano de la kryptoniana y la guió hasta su muslo, haciéndola ascender hacia su sexo. Apenas fue un roce breve, pero a Kara le bastó para sentir el calor entre sus piernas y trastornarse aún más.
—Oh Rao, Lena… —gimió—, vamos ahora mismo a la casa.
Estaba dispuesta a cogerla en brazos y volar hasta el edificio en cuestión de segundos, pero no hizo falta, porque Lena se apartó un poco de ella y se agachó sobre la mochila que había dejado en la manta.

—¿Qué estás haciendo? —cuestionó Kara desconcertada y un poco frustrada por haber perdido el contacto con ella.
—Ya te dije que la técnica de la radiación roja era muy limitada y que tenía que buscar una alternativa para casos como éste —decía la joven Luthor con las mejillas sonrojadas por la excitación. Abrió una especie de pequeño maletín y le enseñó su contenido—, Lena 40 me contó cómo los fabricó y yo reproduje el diseño… aunque les he añadido algunas mejoras —exclamó con satisfacción.
—Eres increíble, Lena —replicó Kara con una sonrisa, contemplando los brazaletes de kryptopnita verde— Te amo… —le dijo en su idioma natal.
—Y yo te amo a ti, Kara —afirmó Lena en el mismo idioma.
Aquella noche hicieron el amor por primera vez como prometidas, en medio de la naturaleza, con la luna llena y las estrellas como testigos del inmenso amor que sentían la una por la otra.
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TIERRA 40
La petición de matrimonio de Kara no fue la única sorpresa de aquel mes de Julio. Habían recibido una comunicación de Tierra 40 para invitarlas a la boda del siglo, la que se iba a celebrar entre Lena Luthor y Supergirl. No dudaron un segundo en aceptar, tenían ganas de ver a todos y de felicitar a la pareja.

El lugar elegido para la ceremonia era un paraje ajardinado propiedad de Lena 40, con decoración a base de plumerias y detalles de colores claros que combinaban con aquellas hermosas flores. Lena llevaba una pamela grande que le tapaba medio rostro para no sobresaltar a la mayoría de invitados, que desconocían la existencia del multiverso. Kara llevaba vestido y sus gafas, ya que podía presentarse tranquilamente como Kara Danvers. Saludaron a J’onn y M’gann, a Mon-El y Lucy, a Winn y Susan, a James e Eve, y finalmente a Alex y Maggie, con las que estuvieron charlando un rato. La detective les contó entusiasmada que Lena 40 y su empresa trabajaron en algo para ayudarla y por eso ahora era capaz de caminar casi con total normalidad despues de año y medio de terapia, también había vuelto a trabajar en el departamento de policía. La vieron muy feliz y Alex estaba radiante por ver a su novia tan recuperada. «Ahora sí que todo volvió a estar bien», pensó Kara con alegría.

Supergirl apareció en el cielo, levitando sobre el altar donde esperaban la alcaldesa de National City y J’onn, que era su padrino. Lucía un uniforme distinto al de costumbre, con pantalones y algunos adornos acompañando al escudo de la casa El, pero no precindió de la capa roja.
—Qué uniforme más sexy —exclamó Lena—, ¿no te has planteado renovar el tuyo, cariño? —preguntó divertida.
—Si te parece sexy, pensaré seriamente en ello —replicó Kara guiñándole un ojo. Lena no pudo contenerse y la besó.
Comenzó a sonar una música y todos los presentes se volvieron hacia atrás, para no perderse detalle de la aparición de la otra novia, Lena Luthor, que caminaba con una luminosa sonrisa en el rostro, cogida de un brazo de Cat Grant. Tanto Kara como Lena se emocionaron al verlas caminar juntas hacia el altar. Finalmente, Cat se había convertido en la madre que Lena no tuvo durante su infancia y juventud.

—Qué sensación más rara… es como asistir a mi propia boda —apuntó Lena.
—Lo sé, me pasa lo mismo.
—Mi doble tiene buen gusto para los vestidos.
—¿Te pondrás un vestido como ése el día de nuestra boda? —preguntó Kara mirándola con atención.
—¿Ya está pensando en una fecha, señorita Danvers? —replicó Lena alzando una ceja.
—Tal vez… —dijo la kryptoniana mientras su mente visualizaba a la joven Luthor vestida de novia.



A su historia de amor con Lena Luthor le quedaba mucho por delante, y Kara tenía muy claro cómo quería que continuase. Y es que hay personas que están destinadas a conocerse y enamorarse, sea cual sea el mundo en el que se encuentren.

FIN
 

NOTA DE AUTORA:
Siento una mezcla de alivio y tristeza por haber llegado al final de esta historia. Alivio porque temía que la musa me abandonase sin darle un cierre, y tristeza porque echaré mucho de menos a estos personajes. Os agradezco de corazón la compañía que me habéis hecho durante este viaje de casi un año, no sabéis lo feliz que he sido interactuando con todos vosotros, y espero seguir haciéndolo en futuros fanfics.

Algunos os preguntaréis por qué he dejado libre a Lillian Luthor después de todo lo que hizo. Por dos motivos, el primero, que así sucede en la serie de tv, Lillian sigue libre a pesar de todo el mal que ha hecho, y quería ser lo más canon posible dentro de lo que cabe; el segundo, que por más rabia que nos dé, en el mundo real no siempre ganan los buenos y pagan los malos, y quise reflejarlo también en mi historia. Sin embargo, el amor siempre debe triunfar por encima de todo, no lo olvidemos nunca.

Como curiosidad, os diré que mi personaje favorito de este fanfic ha sido la Lena Luthor de Tierra 40. No esperaba cogerle tanto cariño, y aunque adoro a Lena 38, Lena 40 es mi debilidad, a pesar de todo lo que ha sufrido, nunca deja de hacer lo correcto, es mi heroína.

Nos leemos pronto. Un abrazo.

Ysabel Granger.